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Renovación de ideas. Por Lorenzo Gonzalo*

Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce -Martianos-Hermes-Cubainformación.- El mal uso de la prensa, para lo cual contribuyó mucho el surgimiento de las luchas por el poder político en épocas del liberalismo, ha conformado un estilo de barricada sustentado en el chisme, las denuncias mezquinas, la exageración de sucesos y el uso de enfoques que llevan a la desinformación.
No obstante es bueno señalar que en la gran prensa aparecen ocasionalmente artículos donde se destacan trabajos de especialistas de la economía y las ciencias sociales, que ponen en dudas el funcionamiento de un sistema regido por dudosas normas salariales, intercambios basados en la especulación y desregulaciones del mercado. Otras se concentran en hacer proyecciones sobre la Tercera Revolución Industrial que se vislumbra.
Al Papa Francisco, la derecha lo tilda de marxista. Lo mismo sucede con Thomas Picketty, para mencionar sólo a dos personas de renombre, inteligencia y academia suficiente que los acreditan para expresar ideas que merecen atención y seriedad de análisis.
El Papa ha dicho que la desigualdad es la “raíz diabólica de la sociedad” y que no tiene que ver con la caridad sino que representa “un fallo estructural que requiere una comprensible atención”. Al propio tiempo ha hecho un llamado a “legitimar la redistribución de los beneficios económicos a través de la acción del Estado”.
La prensa en general, ha educado al gran público a la cochambre. De aquí esos vociferadores al estilo de Rush Limbaugh, diciendo que el Papa Francisco es un marxista, simplemente porque urge a los Estados a buscar fórmulas para redistribuir la riqueza o a Piketty planteando acciones impositivas elevadas.
Piketty considera que el “resurgimiento de la desigualdad a partir de 1980 se debe fundamentalmente “al cambio asumido por la política de Estado en las últimas décadas” y en ningún modo tiene que ver “con un determinismo económico”.
En realidad, quizás el problema de los últimos tiempos es haber pensado que la economía, o sea, el proceso de producir y consumir, lleva implícito un determinismo que funciona al margen de nuestras voluntades.
Tanto las ideas derivadas de Adam Smith como de Kart Marx, definieron el proceso económico con un carácter determinista que ha probado no responder a las realidades. A partir de la difusión de esas ideas, cada persona, dentro de sus visiones cosmológicas, alienta uno u otro planteamiento.
Los seguidores de Adam Smith fundamentan sus criterios en el beneficio económico que podría acarrearles un mundo supuestamente “autorregulado” por la magia de la oferta y la demanda y los de Karl Marx, por una idealización de la realidad, a veces identificada con personalidades mesiánicas o simplemente por la legítima aspiración humana de justicia y estabilidad social. Ambos confiaban en la llegada de un mundo de mayor igualdad. Adam Smith pensaba que la autorregulación del mercado, con el tiempo nivelaría los ingresos en términos generales. Los llamados marxistas, plantearon que concentrando la producción en la maquinaria estatal, podría alcanzarse ese resultado.
El capitalismo ha probado ser más productivo que el experimento llamado socialismo real, aunque eso no significa que la economía haya logrado servir colectivamente al medio, como Adam Smith imaginó.
Los maestros económicos de la actualidad, coinciden en que “la mano invisible” del mercado, tal y como lo bautizó Adam Smith en su libro “Riqueza de las Naciones”, es una falacia manipulada con maldad o sin ella, por los defensores de un proceso que muestra una falla tras otra. No lo dicen ellos, pero lo digo yo.
Forzar la realidad por otro lado, probó que el socialismo no se “construye”, sino que más bien se partea, utilizando una expresión de Marx mal empleada por Lenin y muchos revolucionarios del Siglo XIX y XX, quienes estimaron que la solución radicaba en el exterminio del sistema existente e incluso la eliminación física de algunos de sus protagonistas.
No es por decreto, sino regulando el proceso, conduciéndolo e impidiendo que supuestos axiomas, como el de la iniciativa individual dejada a su absoluto arbitrio y la magia del mercado, que la producción puede llegar a servir sus fines.
No habrá convergencias porque solamente existe una economía y no coincidirán Adam Smith y Kart Marx.
La economía continuará su curso, sin predeterminación alguna. Sus éxitos o fracasos estarán  dados por la inteligencia del ser humano.
Las leyes que rigen el transcurso de la historia son probabilísticas y presentan dos opciones generales, una fundada en criterios sociales y otra que prioriza la acción individual. En este ambiente existen un número de tendencias que sólo la acción colectiva puede dirigir en función de mejores o peores condiciones para el ser humano.
Hasta los días de hoy el proceso económico se sigue desarrollando y no ha dejado de presentar índices de crecimiento, permitiendo que nuevas tecnologías sean elaboradas y lleguen hasta la cadena de producción.
Las reformas introducidas, específicamente las de carácter social han hecho posible que se sostenga, pero al mismo tiempo esto ha permitido que el sistema económico que llamamos “capitalista”, también permanezca.
Este sistema es el que hoy está en cuestionamiento. El “socialismo real”, no es motivo de discusiones porque precisamente el socialismo sólo puede surgir de la economía que conocemos. La primera experiencia resultó fallida, porque lamentablemente consideró que destruyendo el presente “construiría” el futuro y no comprendimos que con el agua sucia botábamos la criatura.
Muchas de las llamadas izquierdas y también las derechas, han llegado al convencimiento de buscar soluciones viables para que el desarrollo continúe.
Las izquierdas laboran afanosamente con la mirilla puesta en el conglomerado social y con especial énfasis en los menos afortunados; las derechas, enfrascadas en reducir las desigualdades distributivas porque consideran que su existencia limita el mercado laboral y ocasiona contracciones en el proceso productivo.
Por ahí parecen andar las cosas en los círculos académicos y universitarios de los países donde el capitalismo reina.
Sería bueno que las naciones que se han propuesto cambios para superar las desigualdades en beneficio de las colectividades, revisen el currículum académico de sus universidades, para contribuir también con ideas que pudieran ser más eficientes que las aportadas desde posiciones ideológicas. Muchos especialistas de esos centros en el mundo desarrollado están aportando ideas críticas y proyecciones interesantes. No estaría mal imitarlos.
Desde el poder es más fácil organizar asuntos como estos, porque en definitiva los problemas no están dados por el proceso productivo en sí, sino por la dirección políticas que les demos.
Las críticas dirigidas al Papa y contra novedosas y racionales publicaciones, que ponen en entredicho estereotipos del pasado, es una buena oportunidad para entender que las cosas no son en blanco y negro y que realmente estamos entrando a una nueva época.
Sería bueno aprovecharla y poner a la prensa y a las cátedras educacionales de aquellos países que han optado por el cambio, principalmente Cuba, a pensar en el asunto y facilitar el debate de todo lo que sea debatible.
Pero es necesario hacerlo desde los predios no comprometidos con obligadas funciones y metodologías. Material nuevo abunda y observaciones novedosas y documentadas sobran.
La prensa, las universidades y las legislaturas, son mejores tribunas para alcanzar estos objetivos que los ministerios y los poderes ejecutivos.
Así lo veo y así lo digo.
*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en EE.UU., Subdirector de Radio Miami.

Enviado por el autor a: Martianos-Hermes-Cubainformación

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