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12 AÑOS DE ESCLAVITUD, UNA PELICULA QUE BUSCA DESPERTAR CONCIENCIAS

La hora de contar la verdadera historia

El film de Steve McQueen es celebrado como “el mejor que se haya hecho alguna vez desde el punto de vista del esclavo”. Cuenta la desgracia de Solomon Northup, un negro libre y culto que en 1841 cayó en manos de un cruel terrateniente sureño.

Por Rupert Cornwell*/Página/12.-
En la historia de Hollywood no abundan las películas que aborden con seriedad el tema de la esclavitud.

El diario The New York Times, con menos de dos años de su distinguida existencia, fue uno de los primeros en dar la noticia. “Nos hemos enterado en Wa-shington de las circunstancias que rodearon la detención y rescate del hombre negro SOLOMON NORTHROP (sic), cuyo caso ha alzado un tan alto grado de interés”, proclamaba la portada de su edición del 20 de enero de 1853. Allí se contaba la asombrosa historia de Solomon Northup, un hombre negro libre del estado de Nueva York que había sido secuestrado y vendido como esclavo en 1841, y cuyas penas sólo habían terminado cuando a su comprador se le presentaron pruebas de su status de hombre libre. Por alguna razón, el autor de la historia escribió mal el apellido en todo el artículo. Meses después, Northup publicó sus memorias, Twelve Years, a Slave. En 1984, llegó una película para TV, La odisea de Solomon Northup. Ahora llega la película dirigida por Steve McQueen que, según la opinión de cada crítico estadounidense, les dará a los Oscar de este año una conclusión inevitable.

“Disfrutable” no es una palabra adecuada para esta experiencia cinematográfica. No es la primera vez que Hollywood descarga la puñalada de señalar el pecado original de EE.UU. Pero esta nueva expresión de la historia de Northup no yerra un solo golpe –o, para hablar con mayor exactitud, un solo latigazo– en su aplastante representación del espanto de la esclavitud. Nunca antes se representó de manera tan gráfica la brutal realidad del sistema económico que apuntaló al Sur estadounidense de antes de la guerra. Por momentos, de un modo casi imposible de tolerar. Todo se siente auténtico, desde el mismo lenguaje, con su cadencia anticuada y sus ritmos bíblicos que le dan un tono perfecto. Su exactitud histórica fue celebrada por Henry Louis Gates, principal estudioso de la América negra y su cultura, que ofició de consejero para la película. “Fue en buena medida como estudiar... y no tuve que hacer ninguna corrección”, dijo Gates, que define a la película “como el mejor film sobre la esclavitud que se haya hecho alguna vez desde el punto de vista del esclavo”.

No es que haya habido mucha competencia. Como mucho, sólo un par de docenas de películas se han metido con el tema de la esclavitud, comenzando con El nacimiento de una nación (1915), que trata a los negros (interpretados por actores blancos con la cara pintada) como ignorantes, libidinosos e inferiores desde todo punto de vista. En 1940, Hattie McDaniel se convirtió en la primera negra norteamericana en ganar un Oscar en el rol largamente estereotipado de Mammy, la sirvienta de buen corazón de Lo que el viento se llevó. En 1975, llegó la chillona, sexualmente cargada Mandingo, y su secuela Drum, protagonizada por el ex campeón peso pesado Ken Norton. Otras competidoras incluyen a Amistad, de Steven Spielberg, la subestimada Sankofa y más recientemente, por supuesto, Django sin cadenas, la sangrienta película de acción dirigida por Quentin Tarantino que recibió excelentes críticas, pero que fue vista por algunos como un spaghetti western sobre la esaclavitud. Pero resulta claro que Hollywood se ha mantenido lejos del tema, a menos que se tratara de Espartaco, separado por un océano y dos milenios de la plaga de la propia historia yanqui.

Sin dudas, el mayor impacto fue producido por la miniserie de 1977, Raíces, basada en la novela de Alex Haley, que atrajo a una de las audiencias televisivas más grandes de todos los tiempos. Pero aun Raíces –que abordaba la esclavitud y sus demonios en términos remarcablemente francos– fue objeto de quejas acerca de que presentaba el tema como un capítulo en la amplia historia de inmigración que creó a los Estados Unidos. La escasez de películas de esclavitud es especialmente impactante cuando se la compara con los cientos realizados sobre el Holocausto. Tampoco es que Hollywood sea invariablemente melindroso, ansioso por no ofender al público según lo que dicte la industria. Sin ir más lejos, ahí está Rescatando al soldado Ryan, con su sangrienta secuencia de apertura sobre el desembarco de Normandía, capaz de contraer el estómago más resistente en su espeluznante retrato del horror, sin barnices ni maquillaje. Pero allí los estadounidenses eran los chicos buenos, o al menos en lo que hace al Holocausto, no eran los malos. Según se ha dicho, para

12 años de esclavitud fue necesaria la intervención de un director no estadounidense como McQueen, y una estrella no estadounidense (Chiwetel Ejiofor, que interpreta a Solomon Northup, es de ascendencia nigeriana y creció en Inglaterra). Sólo así se pudo mostrar la esclavitud como realmente fue.

Hay algo cierto en eso, pero de todos modos puede describirse a 2013 como el año de la película negra en Estados Unidos. El mayordomo cuenta la historia del movimiento de derechos civiles desde el punto de vista de un sirviente de la Casa Blanca, basado libremente en Eugene Allen, un mayordomo negro que sirvió en la realidad durante ocho administraciones presidenciales. Tambien estuvo 42, la historia de Jackie Robinson, el primer jugador que rompió la barrera del color en la liga profesional de béisbol, y Django sin cadenas. Este otoño boreal, el documental en seis episodios The African Americans: Many Rivers to Cross (“Los afroamericanos: muchos ríos por cruzar”), presentado por Gates, se verá en la televisión pública estadounidense. Y 12 años de esclavitud. ¿Por qué esta plétora de películas? Una gran razón es que la industria del entretenimiento se está poniendo al día con el hecho de que Estados Unidos tiene su primer presidente negro. La elección de Barack Obama, el afroamericano que venció a los blancos en su propio juego, ha hecho sin dudas que la admisión de culpa sea más sencilla. La conciencia liberal se ha sentido en parte aliviada, y temas embarazosos pueden ser asumidos más abiertamente. Aun cuando la herencia de Obama no procede de esclavos y sea producto de una raza mixta de un keniano estudiando en Hawaii.

Pero el impacto de 12 años de esclavitud, una película realmente brillante, debe ser tomado en perspectiva. El abrazo de la crítica y las predicciones de abundancia para el Oscar todavía no han encontrado un entusiasmo similar en la taquilla. En rigor, es aún un suceso de culto, no exactamente un blockbuster. La recaudación en Estados Unidos, donde se viene exhibiendo desde octubre, lleva a la fecha unos 39 millones de dólares, cifra de todos modos respetable para una película que es en parte cine arte y en parte lanzamiento popular. Esto la sitúa lejos de los 95 millones obtenidos por 42 o los 114 que recaudó El mayordomo, y es ínfima si se la compara con los 300 que consiguió en sólo siete semanas Frozen, la más reciente y amable película de animación realizada por Disney. La excepción ha sido Django, en buena medida por el arrastre que supone el nombre de Tarantino, que obtuvo más de 160 millones en casa y 262 en el resto del mundo. Todo indica que 12 años de esclavitud conseguirá buenas cifras en el plano internacional, especialmente si consigue varias nominaciones al Oscar. Pero tampoco serán demasiado grandes.

Por otro lado, no es justo utilizar las modestas ganancias de la película de McQueen para asegurar que los estadounidenses aún se niegan a enfrentar los hechos de la historia de su país. El público va al cine para entretenerse, para transportarse a otro mundo, para sorprenderse. Menos, para ser enseñado, avergonzado, mortificado. ¿Irían los ingleses al cine para ver una película que, aun bien actuada y dirigida, les mostrara las crueldades cometidas en nombre del imperio a algunos infortunados nativos, con las mismas y nauseosas suposiciones de superioridad que se advierten en el Sur esclavista? 12 años de esclavitud es el más condenatorio retrato imaginable del viejo sur estadounidense. Está filmada en una Luisiana donde ni la madre naturaleza ofrece una buena acogida: árboles esqueléticos, tapizados de moho, que parecen montar guardia en pantanos aceitosos; la exuberante pero sofocante vegetación de las plantaciones y el abrumador calor veraniego levantándose como humo en los campos de algodón.

Y todo eso es antes de llegar a Ewdin Epps, el propietario de la plantación en cuyas manos Solomon Northup –conocido por su nombre de esclavo de Platt– tuvo la mala fortuna de caer. Epps trata a sus esclavos como subespecies, simples bártulos cuya única razón de preservación es su valor para el trabajo, y encuentra justificación para su brutalidad en las Escrituras: “Y ese sirviente que conoce la voluntad de su Señor y no se prepare para ello, no coincida con esa voluntad, deberá ser castigado con muchos azotes”. (Lucas 12:47). Por más buena que sea 12 años de esclavitud, su influencia social no debe ser sobreestimada. Aunque le vaya bien en el Oscar, será difícil que sea el mensaje pronunciado con más energía en el escenario. Por supuesto, tiene relevancia contemporánea. Los temas raciales siguen siendo un problema en EE.UU., aunque sea de menor magnitud que en otros tiempos. El legado de la guerra civil, peleada por el sur para mantener la esclavitud, es todavía visible. Los demócratas pueden haber reemplazado a los republicanos como partido dominante, pero en algunos aspectos el conservadurismo no ha cambiado demasiado. Basta mirar la firme oposición a los derechos de los gays y la búsqueda de reglas más estrictas para las elecciones, un esfuerzo apenas disfrazado para volver atrás el reloj de los derechos civiles suprimiendo el voto de las minorías, y no sólo negras. ¿Y quién puede negar que el visceral desagrado que produce Obama en algunos de los republicanos de hoy refleja, en cierto modo, la sensación de que un presidente negro, tal como un educado y cabal hombre negro como Solomon Northup en 1840, ofende el orden apropiado de las cosas? Nada de esto será modificado por una única y magnífica película. Ni siquiera una que, para tomar aquellas palabras de tanto tiempo atrás en The New York Times, “ha alzado un tan alto grado de interés”.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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