HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

Por Tania Chappi Docurro

El panel, donde se sentaron juntos un antiguo jefe de la Seguridad del Estado, un hijo de banqueros nacionalizados en 1960, residente en Miami; un pastor bautista discriminado por su fe religiosa, quien mantuvo sus convicciones; y un economista asesor en diversos organismos, tuvo una dinámica particular, diferente a otros Último Jueves.

Sobre cuatro tópicos versó el grueso de los criterios esgrimidos por los ponentes y el público: el auge y declinación de la contrarrevolución durante los primeros años posteriores al primero de enero de 1959, la postura de la burguesía, la conducta política de las iglesias y la corriente antirreligiosa en el gobierno, y el lugar del sector privado nacionalizado por la Ofensiva Revolucionaria de 1968.

Raúl Garcés, subdirector de la revista y moderador, comenzó la jornada con una pregunta dirigida al general de división (r) Fabián Escalante, quien integrara la Seguridad del Estado desde 1960, y llegara a dirigirla desde mediados de los años 70: ¿Qué caracterizó a la contrarrevolución en el contexto de esa etapa?, ¿cuál era su núcleo duro?

Según su criterio, la génesis de la primera contrarrevolución se halla en los políticos y militares del régimen de Batista, los dictadores latinoamericanos que los apoyaron (Trujillo, Somoza), y muy especialmente, los intereses y el gobierno de los Estados Unidos. “Esa contrarrevolución no surgió por iniciativa de la burguesía y los terratenientes cubanos, sino como consecuencia del estímulo generado por  la posición del gobierno norteamericano, asumida desde el mismo triunfo revolucionario”. Desde 1959, se crearon en los Estados Unidos las dos primeras organizaciones: La Rosa Blanca y las Milicias Obreras Anticomunistas (liderada por Rolando Masferrer), que con el patrocinio de la CIA comenzaron a actuar inmediatamente. Leónidas Trujillo apoyó, desde República Dominicana, una conspiración desarticulada el 13 de agosto de 1959. Las medidas tomadas durante los meses precedentes (Ley de Reforma Agraria, rebaja de los alquileres, los medicamentos, las tarifas eléctrica y telefónica; la Reforma Urbana) ocasionaron “que dentro del núcleo revolucionario apareciera una significativa disidencia entre quienes habían combatido contra Batista, pero no estaban de acuerdo con el camino que la conducción de la Revolución proyectaba”. Como consecuencia, abandonaron el gobierno el presidente Urrutia y algunos miembros del gabinete; y los partidos políticos tradicionales se aunaron en un esfuerzo político (todavía no armado ni clandestino), aunque dirigido por la embajada de los Estados Unidos en La Habana, para cambiar el rumbo de los acontecimientos. El momento culminante de esa confrontación, en 1959, fue el fallido golpe de Estado de Hubert Matos, jefe del Regimiento de Camagüey. En diciembre de ese año, la CIA aprueba el primer proyecto para asesinar a Fidel.

“A partir de este momento se produce una metamorfosis. Todos aquellos grupos políticos y las organizaciones laicas de la Iglesia católica van a formar agrupaciones clandestinas armadas (Movimiento de Recuperación Revolucionaria, Movimiento Revolucionario del Pueblo, Movimiento Demócrata Cristiano, Organización Auténtica, la Triple A, entre otras).  En marzo de 1960, el presidente Eisenhower aprueba el programa contra Cuba, con cuatro aspectos: realizar sabotajes, infiltrar grupos paramilitares para fomentar un levantamiento interno (que luego evolucionaría hasta la invasión de Playa Girón), establecer en el interior del país una red de subversión e inteligencia, y desarrollar una amplia campaña de guerra psicológica. La máxima expresión de los sabotajes fue la explosión de La Coubre, el 4 de marzo de 1960; y de la guerra psicológica, la Operación Peter Pan”, narró Escalante.

Como no pudo derrocar la Revolución, la CIA elaboró un nuevo plan, conformado por tres líneas fundamentales: crear una brigada de desembarco y asalto para intervenir militarmente (capturar una cabeza de playa) en la Isla, estimular un levantamiento interno, e infiltrar grupos de misiones especiales, los denominados equipos grises. La historia de Playa Girón es bien conocida. En cuanto a los otros puntos, los infiltrados entraron al país el 13 de marzo de 1961 y fueron detenidos el 18 de ese mes, conjuntamente con los jefes de los principales movimientos contrarrevolucionarios; “esa cúpula quedó aniquilada por la acción popular, porque las criadas de las casas de Miramar donde ellos se reunían informaron al respecto”.

Después de Girón, se sucedieron otros intentos: la autoprovocación de la Base Naval de Guantánamo; el plan “Cuba en llamas”, en noviembre del 61; y especialmente, la Operación Mangosta, a partir de 1962, que conllevó más de cinco mil sabotajes en solo ocho meses, e intentos de asesinar a Fidel. Sin embargo, los cuadros de la burguesía, sobre todo los laicos de la Iglesia católica, que dirigían las organizaciones contrarrevolucionarias, fueron detenidos o huyeron del país. A mediados de 1962, elementos marginales tomaron la jefatura de esas agrupaciones. “Yo creo que a finales de 1963, el núcleo duro de la contrarrevolución había sido desarticulado. Aunque la CIA siguió actuando, mediante grandes y pequeñas redes, la más importante en Pinar del Río”, concluyó el disertante.

 

Los que se fueron

Gustavo Godoy, periodista radicado en Miami y descendiente de los banqueros Godoy-Zayán, se marchó del país con sus padres en junio de 1960.  El pasado jueves, reflexionó acerca de cómo la burguesía afrontó el proceso revolucionario en su período inicial.

En ese momento “había un entusiasmo legítimo” ante el derrocamiento de la dictadura, una simpatía mayoritaria hacia las fuerzas rebeldes. “La Revolución había tenido el sostén de las clases populares, pero no debe subestimarse el hecho de que también miembros de la burguesía, la aristocracia, la clase media, el empresariado, ayudaron al Movimiento 26 de Julio; las contribuciones económicas, el respaldo en los medios de comunicación procedían en gran parte de estos sectores”.

Al inicio, solo salieron del país  militares y partidarios de Batista. Debido a la Reforma Agraria, la Reforma Urbana y la gradual nacionalización de propiedades extranjeras y luego de grandes empresas cubanas, la oposición se diversifica. “Llegan a los Estados Unidos elementos revolucionarios que no están de acuerdo con el giro del gobierno hacia la izquierda. Se empieza a manifestar una oposición cautelosa en ciertos sectores, y hasta de abierto rechazo a las medidas de la Revolución, aunque no tanto hacia los líderes mismos. Creo que los dirigentes seguían teniendo apoyo más de un año después del triunfo revolucionario”.

No obstante, numerosas personas temían al comunismo; pensaban que no debía permitirse la circulación del periódico Noticias de Hoy ni la existencia del Partido Socialista Popular, así como la presencia de dirigentes comunistas en el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA).  Para los agricultores, azucareros y tabacaleros adinerados “en este punto se agudiza la confrontación, y ello motiva un cambio radical”. Incluso entre quienes no se vieron afectados de manera directa muchos se preguntaban qué iba a pasar.

En 1960, un amplio grupo de grandes empresarios y hacendados salió del país. Su expectativa de regresar enseguida, disminuyó después de Playa Girón y la Crisis de Octubre. “Fue como un bombillo que se va apagando poco a poco”, expresó Godoy.

 

Posiciones encontradas

Raúl Suárez, hoy pastor bautista y director del Centro Memorial Martin Luther King, Jr., ofreció su testimonio de creyente, valioso para entender las complejidades de la ruptura entre la Iglesia y el Estado. “La Revolución encontró un catolicismo con el cual no había posibilidad de dialogar. Por otra parte, resulta innegable que el protestantismo histórico en Cuba jugó un papel en la estrategia estadounidense de norteamericanización de la Isla, salvo excepciones en las que el patriotismo estuvo presente. En cuanto al marxismo-leninismo, yo conocí a buenos cristianos que militaban en el Partido Socialista Popular”.

En los 60, “cuando se da el encontronazo de las iglesias católica y protestantes con el marxismo-leninismo”, en la práctica se empieza discriminar a los creyentes como miembros legítimos del proceso revolucionario. Según el pastor, el marxismo-leninismo adoptado asumía definiciones expuestas por Engels a finales del siglo XIX, quien entendía la fe religiosa como inexorablemente reaccionaria y opuesta a la ideología de la clase obrera, sostenía la existencia de una contradicción insuperable entre ciencia y religión, no interpretaba de manera correcta la realidad latinoamericana y caribeña; además, otorgaba al ateísmo un rango doctrinal y científico. La interiorización de estas ideas y el abandono de la crítica revolucionaria y política de José Martí a la religión, traían consigo prejuicios y actitudes que convertían a los creyentes en ciudadanos de segunda clase y los alejaba de la Revolución. “Tales vientos soplaron tan fuerte que 70% de los pastores protestantes se fueron para los Estados Unidos y 80% de los graduados de nuestro seminario de Matanzas salieron de Cuba. Lo peor de todo es que también llevó a algunos a la contrarrevolución activa. Se creó el Movimiento Conjunto de Cristianos Cubanos; y en 1965 fueron detenidos alrededor de 43 pastores y laicos. En el juicio, uno de los pastores confesó que era agente de la CIA”. Otro desacierto de las iglesias fue “oponer al ateísmo marxista-leninista el teísmo cristiano. Al final nos dimos cuenta de que ni uno ni otro era la solución”, opinó el panelista.

Su relato confirmó que las posiciones en torno a la religión no fueron homogéneas. Emocionado, rememoró cómo el propio Fidel, quien ya se había declarado marxista en diciembre de 1961, afirmó en una alocución pronunciada en la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1962, para conmemorar el ataque al Palacio Presidencial, que en la lucha contra el capitalismo y el imperialismo debían unirse el creyente honesto y el marxista honesto.

La década de los 60 fue el período de mayor agudización de la lucha ideológica en el país y también de confrontación entre las diferentes clases, aseveró Raúl Suárez. “Esta lucha atravesó toda la estructura social, no hubo un solo espacio donde no se manifestara. El pueblo optó por la Revolución. Las iglesias perdimos un gran número de miembros. La Juventud Estudiantil Católica hizo una encuesta sobre la Reforma Agraria, e incluyó la siguiente pregunta: ¿De quién usted espera la solución de los problemas históricos y sociales del país? Solamente 3,4% veía la solución en las iglesias, nosotros no éramos la esperanza del pueblo, eso hay que reconocerlo”.

 

Un parteaguas polémico

La Ofensiva Revolucionaria de 1968 terminó de transformar radicalmente la economía de la Isla. Sobre ello discurrió el economista Rogelio Torras, estudiante de Economía en aquellos años, luego profesor de la Universidad, y posteriormente especialista del sector económico  en diversos organismos. Como antecedentes citó: la confiscación de bienes malversados y de los dejados atrás por quienes abandonaban el país; la nacionalización de las propiedades norteamericanas, en respuesta a las presiones ejercidas contra Cuba por el gobierno de los Estados Unidos (canceló el suministro de petróleo, promulgó la Ley Puñal, que reducía la exportación del  azúcar destinado al mercado norteamericano); finalmente, la nacionalización de la banca y de los grandes negocios privados cubanos, en octubre de 1960.

En 1966, el país confrontaba un creciente desbalance comercial con los países socialistas y carecía de suficientes divisas para comprar en el mercado internacional; se optó por dar un salto en la industria azucarera y alcanzar una gran producción en 1970. Con el objetivo de destinar grandes recursos económicos a la esfera productiva, se previó restringir el consumo, tanto de alimentos como de bienes de uso duradero, y se decidió que el interés social debía prevalecer sobre el individual. A partir de esa base, se derivan dos razones para fundamentar la nacionalización del sector privado remanente: la primera, este constituía un obstáculo para la mayor organización de la producción y la distribución; la segunda, se caracterizó al sector privado como contradictorio con las metas de la ideología revolucionaria, dada su condición individualista.

En aquel momento, el comercio privado tenía mejor oferta y calidad, aunque empezaba a languidecer por restricciones con los insumos. Antes de lanzar la Ofensiva, se realizó una investigación sobre las relaciones entre el sector estatal y el privado, durante el primer semestre de 1967. Los datos mostraron que las personas vinculadas con el sector privado vivían mucho mejor que quienes trabajaban para el Estado: la mayoría de los primeros ganaba alrededor de 300 pesos mensuales, cuando el salario medio del país no llegaba a 150 pesos; incluso algunos de los empresarios medianos percibían más de mil pesos. Por otra parte, los establecimientos privados satisfacían una gran cantidad de necesidades de la población, pero también de la esfera empresarial estatal, a la cual vendían bienes intermedios, bienes finales y servicios, explicó Torras.

Las tablas mostradas por el panelista revelaron que eran privadas 46% de las tiendas de víveres, más de la mitad de las carnicerías-pescaderías, 81% de los establecimientos gastronómicos y de las quincallas, 58% de los que vendían bebidas, 88% de las barberías y peluquerías, 63% de las tintorerías-lavanderías. Y que los clientes de la pequeña industria privada incluían a varios centenares de empresas estatales en diferentes sectores: pintura, repuestos automotrices, materiales de oficina y de construcción, impresos, entre otros.

Al concluir la Ofensiva, 100% de la industria y el comercio, 98% del transporte (los vehículos porteadores y los taxis no fueron nacionalizados) y 75% del sector agropecuario estaban en manos del Estado. “Se afectaron más de 58 000 negocios”, incluyendo 9 200 personas que trabajaban solas, “vendiendo fritas, palomitas de maíz, etcétera”.

“La Ofensiva Revolucionaria permitió que el gobierno adquiriera plena capacidad de maniobra para concentrar todos los recursos en la Zafra. Por otro lado, el gobierno empezó a administrar directamente los recursos y las empresas se fueron acostumbrando a mirar hacia arriba para solicitarlos. En 1967 se había simplificado al máximo el sistema tributario, casi se eliminó en aquel momento, porque era prácticamente pasar dinero de una empresa estatal al presupuesto nacional. Las medidas adoptadas impidieron el potencial enriquecimiento de algunos empresarios privados y se evitó que muchos de ellos emplearan recursos contra la Revolución”, expuso Rogelio Torras. Las nacionalizaciones de 1968 generaron, además, un grave inconveniente: “Quedó demostrado que cuando el Estado centralmente debe manejar un país completo dedica la mayor atención a los grandes problemas, pero las cosas pequeñas quedan al margen”.

 

 Desde el auditorio

-La galería del Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, sede

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