HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

Venezuela y La Paz. Por Nyls Gustavo Ponce Seoane*

¡Bienaventurada la tierra donde se libran las batallas de la paz!

                                                                                    José Martí (t.9, p.349)                    

Por Nyls Gustavo Ponce Seoane*/Martianos-Hermes-Cubainformación.- La cuestión de la violencia y la paz en Venezuela ha despertado la atención de muchos políticos y pensadores conforme a sus ideas. Por sus características geopolíticas, sus riquezas naturales y la impronta ideopolítica y filosófica del tema, esta problemática ha trascendido sus fronteras: el fenómeno de la globalización la ha convertido en centro de la  atención internacional, siendo, en la mayoría de los casos, manipulada mediáticamente conforme  a poderosos intereses a nivel mundial.

 Este último hecho ha sido seria-, profunda- y objetivamente reflejado en las obras, de carácter universal, de los periodistas investigadores Giulietto Chiesa1 y Josep Palau2, donde en concreto denuncian la  ambición de EE.UU y sus aliados por el dominio planetario total,  recurriendo a constantes métodos de amenazas, sanciones, atroces guerras,  matanzas, asesinatos, emigraciones y otras, sostenidas y  agudizadas después de la Segunda Guerra Mundial. Sucesos sangrientos y  genocidas estos que, por lo general, llegan a la opinión pública por sus medios de comunicación  los cuales, la mayoría de las veces, ofrecen una versión distorsionada y hasta falsa de la realidad histórica.

Así las cosas, la toma de partido de muchos gobiernos, medios y personalidades políticas e intelectuales de EE. UU., América Latina y Europa por la llamada “oposición“ venezolana, antichavista y antibolivariana, ha alentado un discurso político que se ha hecho cómplice y promotor de “guarimbas” (acciones y manifestaciones subversivas violentas) y de desestabilización económica en ese hermano país de Nuestra América.

Para ello alegan e intentan basarse en la “defensa de la democracia”,  contra un gobierno legal y democráticamente constituido. No quieren tener en cuenta que una sociedad variada, multifactorial, tolerante, creativa y, por tanto, verdaderamente democrática, como la venezolana, es y sería más avanzada que una fundamentalista unisectorial, que recordaría a los regímenes dictatoriales neoliberales latinoamericanos de la década de los 70. Con esto, se olvida que la multisectorialidad, como la democracia y el progreso, solo avanzan en cada sociedad con la propia sociedad misma y nunca por el voluntarismo intervencionista en los asuntos internos de “las lúcidas y preclaras” fuerzas extranjeras.

La multifactoriedad  política de Venezuela es un hecho real, demostrado en sus comicios democráticos y que se ha tratado de respetar y mantener lo más estable  posible por las gobiernos chavistas. Este es otro hecho testarudo de la política venezolana que tampoco se ha querido tener en cuenta ni reconocer por  los sectores  opositores venezolanos, que hasta el presente solo han intentado la ruptura de esa estabilidad con la toma del poder por la fuerza, en prejuicio de su país. 

Quienes hacen todo para propiciar la desintegración de Venezuela, no deberían vanagloriarse con los tonos del poder injerencistas, como lo hacen, ante las manifestaciones de sus efectos en tierras de Bolívar, ya que  la mayoría de los venezolanos, incluso los mismos antichavistas no aceptarían ahora una Venezuela unisectorial intervenida, porque iba a prevalecer un único poder que les resultaría intolerable, aunque algunos lo apoyasen al principio. Lucharían contra esta hegemonía que les parecería inaceptable y habría un mayor desequilibrio e inestabilidad en el país. Son pues, los venezolanos de todos los sectores los que deben hallar una solución democrática y pacífica basada en sus derechos constitucionales, tal como los ha promovido el Presidente Maduro, con su llamado constante al diálogo y a la paz con la oposición.

El buen consejo democrático de potencias y personalidades extranjeras occidentales, el que de verdad ayudaría a que rápidamente prevaleciera la democracia sobre las rivalidades políticas, es dialogar y negociar, como ha insistido e  insiste el gobierno bolivariano, para buscar un equilibrio y no prevaleciera una posición sobre otra, apaciguándolas y estableciendo una estrategia democrática de país a largo plazo. Jugar a enfrentar a un sector contra el otro, apoyar a que un sector ataque violentamente al otro, escoger y decidir que uno es bueno y el otro malo, como se está haciendo, pretendiendo que se defienda al más democrático, según ellos, es simplemente un insensato fariseísmo político.  

Esto hace y condiciona que en el fondo de todo esto subyaga una autosuficiencia y prepotencia yanqui - “occidental”, que en este caso utiliza a la OEA como instrumento institucional político de sus intereses, asumiendo que la solución en Venezuela está en sus recetas y que se deben imponer de cualquier manera, sin importarles que la agudización del conflicto venezolano es una lucha que lo haría semejante a la decena de conflictos sucedidos y que la “superioridad occidental” ha provocado ya en varios continentes (Libia, Yugoeslavia, Siria, por citar algunos). Estos conflictos se han caracterizado por su enconamiento y prolongación y han conducido prácticamente a la ruina y destrucción de estos países. Los mismos requerirán del paso de generaciones para ser superados.

 Como ya se ha dicho y denunciado, se trata de una de una mentalidad neocolonial y neoimperial que  le asigna al mundo desarrollado la responsabilidad de “(im) poner su orden” y “democracia” por la fuerza, para lo cual se limitan, ahora en su aplicación al caso venezolano, a condenar a quien les conviene que sea el responsable único de la situación creada, colocándole además el apellido de dictatorial. Y el problema es que  si la condena es solo a quienes ellos consideran los responsables y continúan induciendo a la violencia para que la situación cambie de curso, se están predicando el odio y la venganza, sin base moral, y mucho menos cristiana alguna, e implicando  más muerte, más destrucción  y más inocentes castigados. 

Aunque no lo quieran reconocer los que promueven “la reconquista de la democracia en Venezuela”, esta no va a consistir en establecer ninguna multifactoriedad política, de hecho ya constituida, establecida, existente  y desarrollada durante el chavismo. ¿Cuántos partidos y organizaciones políticas habían antes de la Revolución Bolivariana en Venezuela?, ¿cuántos hay ahora?, ¿puede  la MUD responder a esto?...

 Lo único que puede favorecer a la multifactoriedad política es el diálogo promovido por el gobierno venezolano cuanto antes, en base a la tolerancia y el respeto recíproco, valores que están asociados a la concordia, la reconciliación y a la detención de la violencia que se manifiesta en territorios predeterminados y específicos, para el inicio del proceso de recuperación de la normalidad del país. 

Solo entonces así podrán actuar las verdaderas fuerzas democráticas, integradoras y solidarias, por lo que hay   que neutralizar  a los hacedores de la violencia terrorista, promovidos por el imperio y sus cómplices seguidores. Mientras más dure la violencia, más se alejará la normalidad democrática y la real práctica de la multisectorialidad política. Los hechos en todos los países que han pasado por estas circunstancias así lo demuestran. La detención de la violencia no garantiza inmediatamente la convivencia, pero su continuación lo que sí asegura es su ulterior desarrollo.

 Sí se quiere ayudar de verdad a la convivencia y a la justicia en Venezuela hay que adoptar por detener la violencia, como lo quiere su actual gobierno, y trabajar por la verdadera paz democrática, como parte de de una reconstrucción en beneficio de todo su pueblo. De lo contrario lo que se quiere no es una multisectorialidad democrática, sino, aunque parezca inverosímil, una “yugoeslavización” de Venezuela, empleando métodos semejantes a los que se pusieron en práctica en aquel otrora país, para  el placer contemplativo de los interese ajenos y foráneos que los  indujeron y sostuvieron. 

En la situación actual de Venezuela, nada bueno puede esperarse de la violencia y mucho menos de una intervención extranjera, como está promulgando el gobierno norteamericano. La violencia, puede llegar a ser inevitable en determinadas situaciones, pero nunca es ni debe ser deseable. Es preferible mejor establecer estrategias que excluyan y eviten el riesgo de ese choque bélico en la obtención de cualquier objetivo político. 

La erradicación de la colisión violenta debe ser un objetivo irrenunciable de  la civilización y del progreso, así como lo es o debe ser la erradicación de la discriminación por razón de raza, sexo, religión, o del esclavismo y la miseria. Desde luego, no se producirá súbitamente, sino en un proceso de vaivenes y contradicciones, como todo lo humano. Sí, porque la inmensa mayoría de los pueblos que, desde la Antigüedad, habitan en la casi totalidad de las regiones de la Tierra, han convivido con la violencia y la guerra, como un hecho normal de los hombres.  Aunque se admite que el fenómeno de la violencia es consustancial a la naturaleza humana, hay que reconocer también que la paz es condición y estado normal y natural del ser humano, como lo señaló José Martí3, siendo el deseo íntimo y constante de sus mentes y corazones. Deseo este que se manifiesta en la construcción de una sociedad civilizada que requiere de un esfuerzo racional  en paz para que prevalezcan los esfuerzos más constructivos y se contengan los más destructivos. Es lo que se intenta en la actual Venezuela con la Constituyente y en la cual la oposición se ha negado a participar, como en una ocasión ya se negó a participar en el Parlamento, donde después resultaron ser mayoría. Habría tanto que reflexionar sobre  lo  último, que prácticamente sería otro artículo…

El impulso  a la violencia es una  reacción natural que hay que controlar y saber evitar a través de su conocimiento La mejor acción por la paz no es la que por obsesión visceral se niega a comprender las razones del otro, limitándose a proclamar, la mayoría de las veces hipócritamente, sus indiscutibles “principios”. Todo lo contrario, el pacifismo maduro es el que a través de la comprensión racional de los procesos históricos que han conducido a la conflagración actual, trata de invertirlos hacia una dinámica de paz. Por lo general, la violencia que conduce o puede conducir a una guerra civil, como se intenta hacer   en el caso que nos ocupa, resultan de la proclamación y promulgación no reguladas de intereses particulares de grupos y proyectos políticos, cada uno de ellos con su estrategia, sus dinámicas, sus apoyos (como está sucediendo), sus principios “irrenunciables” y sus dosis de incomprensión hacia los intereses contrarios.

La política por la paz bien entendida, es la que se plantea establecer una estrategia de paz en una dinámica en que el objetivo principal no sea ninguno de los que están en litigio, sino la obtención de la paz para la solución de los problemas e intereses generales comunes de la nación. No es la paz por la paz, sino la paz con un objetivo definido. Y aunque ha sido un concepto menos ruidoso en sus proclamaciones públicas, éticamente es más profundo pues es hacer verdaderamente lo posible por el objetivo deseado. Es la ética de la responsabilidad trasladada al ámbito que nos ocupa.

Las ideas que aquí se defienden se corresponden a una línea de pensamiento muy definida a favor de la paz en Venezuela y en concordancia con la proclamación de la CELAC de  “América Latina y el Caribe como Zona de Paz”, por lo que cabría recordar en este caso, que la paz más desventajosa será siempre preferible a la violencia “(in)justificada”.

No forma parte de las ideas que aquí se presentan, sostener que jamás los medios violentos deben ser utilizados y que no haya situaciones en que un Estado no debe recurrir al uso de ellos para defenderse en cuestiones vitales para su seguridad, defensa  y supervivencia. Específicamente,  en la trayectoria anticolonial y antiimperial, se encuentran casos abundantes en los que ha sido, es y será difícil probar que existían vías políticas sin violencia.

Lo que sí nunca debe ser una estrategia loable es recurrir al uso de la fuerza para fundamentar proyectos políticos en países donde transcurre una vida política normal. Hay que ser reacios a la apología de las conflagraciones, porque son las que suelen ser la justificación de los más diversos autoritarismos dictatoriales habidos y por haber. 

Para la mejor comprensión de lo dicho  se puede hacer una  comparación al distinguir la necesidad que tiene un Estado de mantener fuerzas de seguridad bien equipadas para su defensa de una intervención extranjera, por ejemplo,  de la utilización abusiva de los medios y métodos  policíacos como instrumentos políticos. Esto último puede provocar que el conflicto sea y alcance a muchas generaciones posteriores, cuestión esta no deseable y mucho menos gloriosa, para los que piensen que puede ser así. 

Referencias.

1. Chiesa Giuletto. “La Guerra Infinita”. Primera edición en español- Ediciones del Leopardo y El Periodista. Santiago de Chile. Mayo de 2004.

2. Palau Josep. “El Espejismo Yugoeslavo”. Editora Política. La Habana, 1999.

3. Martí José. “Otras crónicas de Nueva York”, Editorial de Ciencias Sociales. 2da Edición, p. 132. 1983; 

Martí José. Obras Completas.t.13, p.396.Editorial Nacional de Cuba. La Habana, 1963.

*Nyls Gustavo Ponce Seoane, geólogo cubano, miembro del Instituto de Geología y Paleontología.

Enviado por el autor a: Martianos-Hermes-Cubainformación

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