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Federación Internacional de Comunicadores Populares

Por Jorge  C. Oliva Espinosa

Mi abuelo fue un hombre que supo concatenar pensamiento y acción; fue un soñador que luchó por lograr lo soñado y que estuvo dispuesto a dejar la vida en el empeño. Por eso lo admiro y venero su memoria; él ha sido guía de mis decisiones más importantes y siempre consideré un honor y un compromiso ser su descendiente. Llevar su sangre, significó para mí un deber ineludible a cumplir. Así me educó su viuda, y cada vez que la vida me planteó una disyuntiva, para orientarme pensaba: ¿Ante esta situación, qué hubiera hecho mi abuelo?...
Con diecisiete años, él se fue a la manigua para hacer realidad su sueño de tener una Patria libre e independiente; y cuando terminó la cruenta guerra, la que Martí calificó de “necesaria”,  renunció a la pensión de veterano que le correspondía, porque “no había peleado para después pasarle la cuenta a Cuba por sus servicios”.
Cuando un General, de aquella República de “Generales y Doctores”, se atrevió a proponerle un cargo público donde, con “las buscas”, podría aliviar las penurias que estaba sufriendo, mi abuelo lo echó de su hogar a cajas destempladas. La proposición encerraba un insulto y mi abuelo no los toleraba. Hasta ese día fue amigo de aquel General... Como murió sin reclamar la pensión que le correspondía, mi abuela tuvo quegestionar la suya propia, porque ella, siguiendo al esposo, también se había alzado en armas contra el colonialismo español; tuvo que reclamar lo que él había rechazado para que no nos muriéramos de hambre en aquella República. Yo nací entonces y desde entonces, conocí la vida que le espera al que renuncia a todo para mantener puro un ideal.
Por todo eso, mi abuelo fue siempre, y sigue siendo, mi modelo a imitar. Hoy, a los setenta y siete años cumplidos, creo haberme mantenido fiel a mi ídolo familiar. ¡Vivo en la pobreza y me enorgullezco de ello! Di mi juventud y todos mis esfuerzos, estrujé ilusiones, pospuse sueños, repartí desasosiego y sufrimientos a mis seres más queridos, y hoy nada tengo; pero no me pesa, nunca pedí ni pediré nada a cambio. Y no es por generosidad excesiva, sino porque pienso que lo que entregué no tiene precio para cobrarlo luego: fue la tranquilidad y felicidad de la vida familiar, lo que entregué por dedicarme a una lucha que concretara en realidad mis sueños.
Hoy, en este atardecer convulso, veo a hombres gloriosos, que ascendieron al pedestal de héroes de una segunda independencia, que, lamentablemente, le pasan sus facturas, bien altas por cierto, a la libertad que ayudaron a lograr. Y pienso en mi abuelo, siempre presente. Entonces... añoro como nunca aquel amanecer de esperanzas del primero de enero de 1959, cuando éramos tan puros, cuando manteníamos intacta tanta confianza en nuestros nuevos gobernantes, porque conversábamos con ellos de tú a tú y ellos nos daban el ejemplo; evoco aquella aurora de gloria, cuando los sobrevivientes nos repetíamos unos a los otros: “No me digas lo que hiciste, dime lo que estás haciendo”; cuando el entusiasmo era unánime y la ilusión era de todos, porque todos creíamos... Como soñador irremediable, yo quiero regresar a aquel 1959, lo estimo necesario, imprescindible.
Recuerdo con nostalgia, una demanda unánime, de las primeras y pocas que hicieron las masas: “¡Fidel, sacude la mata!” Ya desde entonces, el pueblo, con su sensible olfato, había detectado enemigos encubiertos y denunciaba a farsantes y oportunistas de toda laya, cobijados bajo la fronda revolucionaria, a los que era necesario eliminar. Por eso pedía que se sacudiera la mata, para que cayeran todos los frutos colgados y podridos que medraban a la sombra de un arbolillo joven, pero fuerte y lozano llamado Revolución. Y hoy, aquel reclamo me sabe pertinente y actual. Hoy, precisamente hoy, cuando los enemigos no sólo están en el otro lado, fáciles de distinguir, sino que también, arropados de poder, señorean sobre nosotros, frenando los necesarios procesos de cambio, repitiendo consignas, revolcándose en el chiquero de la corrupción y dictando directrices que parecen elaboradas por la CIA.
Cuando veo y siento todo esto, mi abuelo parece resucitar y lleno de cólera mambisa me ordena que grite, como ayer le gritamos a Fidel: ¡RAÚL, SACUDE LA MATA!...

Desde Regla,
Ayer, “La Sierra Chiquita”; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Diciembre 18 de 2013.

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