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Las izquierdas, su proceso de renovación. Por Lorenzo Gonzalo*


foto Virgilio PONCE

 

Miami, 25 de Abril del 2011

 

Dijimos en el trabajo anterior que la desaparición de la URSS no demostró el error de las ideas socialistas, sino la existencia de métodos erróneos en la solución de problemas, denunciados por los grandes teóricos del Siglo XX, aún subsisten.

 

En la esencia de esos problemas palpita un fenómeno que en economía se conoce como, asimetría en la distribución de la riqueza. Este resultado, provocado por mecanismos inherentes al modo de producción y distribución que son dejados a su libre arbitrio, sin muros de contención ni diques que encaucen sus tendencias, es la causa de profundos desafectos sociales y limita en las grandes mayorías, la satisfacción de sus requerimientos materiales y su realización espiritual.

Esta realidad no es invención de ideología o fanatismo alguno, es un hecho palpable que se manifiesta en todos los países desarrollados, hasta el punto de causar preocupación, aún dentro de las mentes más ferozmente defensoras del liberalismo.

 

En Estados Unidos, las personas de la tercera edad y los estudiosos despojados de criterios económicos preconcebidos, recuerdan con nostalgia los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, donde la distribución adquirió por vez primera un ritmo balanceado y la labor era compensada de manera más equitativa. La desproporción entre el salario de un trabajador y un ejecutivo, dicho hiperbólicamente,  crece en proporción casi geométrica. Actualmente es de 319 a 1. En la década de 1960 un ejecutivo ganaba un 47% más que un trabajador. Actualmente esa proporción es 319 veces mayor.

 

Estos resultados no se deben a la existencia del mercado, la oferta o la demanda, sino a la falta de regulaciones que impidan a personas o grupos aislados hacer de un proceso colectivo, un uso meramente personal. El mercado en definitiva ha existido por siglos, como otras muchas categorías. El devenir ha elevado a categorías económicas otros resultados de ese proceso, entre ellos la ganancia y el consumo. Hoy debemos añadir a esa lista la corrupción.

 

La diferencia entre el mercado de hoy y los anteriores están dadas por un aumento gigantesco de la producción con la consiguiente ampliación de las transacciones mercantiles, las cuales se diversificaron a niveles impensables en el siglo XIX y continúa con esa tendencia arrolladora en el presente. A esto se añade otro fenómeno esencialmente novedoso, sin nexo alguno con aplicaciones anteriores: el instrumento cambiario. Este pasó de simple moneda a mecanismo financiero, transformándose de mero intermediario en fuente de acumulación nominal de riqueza e inversión. Marx bautizó este fenómeno con el nombre de Capital.

 

Pero la existencia de aspectos negativos en el resultado que dichas categorías económicas producen,  tienen que ver con la esencia individual humana, la cual solamente es mitigada y quien sabe si alguna vez eliminada, a través de un control racional de aquellas leyes que existen al margen de nuestros deseos. El sistema dentro del cual el ser humano enmarca esas leyes y sus comportamientos, representado en este caso por las estructuras estatales y políticas, es quien facilita colocarlas al servicio de la sociedad. De aquí la necesidad de realizar cambios radicales en las mismas, para que personas aisladas no puedan capitalizar sus resultados. No se trata de erradicarlas volitivamente a través del poder político de una persona, con ayuda de fanáticos o seguidores entusiasmados por la idea de ejercer un poder con el beneficio de una excesiva impunidad. La vida ha demostrado que cuando se intenta eliminar esas leyes por decreto, como en la URSS, dichos mecanismos resurgen como bumerang  causando incalculables daños.

 

Las revoluciones no consisten en cambiar las bases productivas sino las superestructuras. Solamente éstas pueden encauzar el continuo desarrollo, crecimiento y evolución de la economía. A través de la superestructuras se han universalizado las interrelaciones entre las administraciones de los diversos factores productivos y es a través de procesos semejantes que se han realizado las revoluciones, las cuales toman siglos para llegar a sus fases de consolidación.

 

A partir del derrumbe de la URSS, la aparición de China con mecanismo que pueden ser discutidos, pero que aseguran la existencia de un poder que proclama justicia y distribución de los recursos esenciales y con los sucesos latinoamericanos, se han replanteado las desviaciones teóricas existentes en el método analítico de los procesos productivos y sociales. A partir de estos acontecimientos y la prueba fallida soviética, los más racionales intentan descubrir procedimientos que logren eficiencia máxima y distribución con justicia.

 

No hay marcha atrás, simplemente estamos ante las mismas problemáticas, dentro de circunstancias nuevas, más favorables en muchos aspectos y en mejores condiciones de hallar caminos racionales y despojados de férreas ideologías. En este particular, las izquierdas demuestran hoy más madurez que aquellos empecinados en ahondar los problemas causados por una economía que, a contrapelo de todos los discursos, es exclusivista, dejando fuera de sus beneficios a la mayoría de los actores sociales.

 

Mientras el liberalismo intenta meter a todos los países en un mismo costal, el socialismo de hoy plantea las diferencias de cada país y aboga porque cada nación administre y oriente su economía, acorde al estadio de su desarrollo. En este punto es importante no confundir, por ejemplo, la necesidad integracionista de Latinoamérica y el Caribe, con un falso concepto de unidad. Integración no es aceptar voluntades ajenas, descalificando las propias. Cada país debe encontrar su propia vía y cada gobernante debe ser respetuoso y entender que nada se puede hacer en el camino de la integración, mientras no existan avances significativos en las economías de los países vecinos. La diferencia del discurso de la era soviética que hablaba de diferentes socialismos, acoplados a los diferentes niveles de desarrollo, es que hoy se confía más en la aplicación derivada del método de análisis que en la exigencia de un modelo determinado, como sucedía entonces. En esto consiste también la diferencia con el liberalismo, que exige determinados patrones de dirección económica y se aferra en la exigencia de un mercado sin regulación (cosa que ha demostrado ser desastroso), manos sueltas en la dirección privada individual de la producción y sujeción de los valores industriales, de servicio y financieros al oscuro juego de las bolsas.

 

El mundo ha ido cambiando en todos los aspectos y uno de ellos, quizás el más importante, es el reconocimiento de que existen muchas izquierdas, muchas corrientes que proclaman un cambio, capaz de transformar con el tiempo la esencia de esa economía de la cual somos partes, compartiendo sus injusticias, las luchas por su transformación y también sus beneficios.

 

*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en los EEUU y subdirector de Radio Miami (www.radio-miami.com)  

Fuente: enviado por el autor a Martianos-HERMES

 

Foto Virgilio PONCE

 

 

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