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Federación Internacional de Comunicadores Populares

Las facciones, un gran inconveniente para el progreso. Por Lorenzo Gonzalo*

Foto Virgilio PONCE
Miami, 28 de julio del 2011
 
La participación del ciudadano en la dirección del estado es una necesidad de la sociedad, pero no es fin, ni requerimiento de las personas. No constituye una necesidad del individuo, como ser humano, en el proceso de su realización. En todo caso es un estorbo, convertido en paradigma por complejidades que están más cercanas al egoísmo nacido de la inseguridad humana, que a sus necesidades espirituales y materiales. En su afán de lograr una felicidad relativa, el ser humano requiere liberarse de las insatisfacciones materiales básicas. Para ello no requiere un poder sobre los demás sino un dominio de su propia persona.
 
Todos gustamos de mostrar nuestras cualidades. Desde el comienzo de los siglos, el ser humano se ha comportado de esa manera. Gusta de saber que es útil y recibir el reconocimiento del prójimo. Sin embargo, esas aspiraciones no tienen conexión con el poder que ejerzamos sobre los demás. Dicha expresión es una condición adquirida con el desarrollo de la sociedad y el nacimiento del Estado, el cual es reconocido como un mal menor para el sostenimiento y desarrollo de aquella. Su surgimiento ha dado lugar a una serie de actividades innecesarias en las sociedades modernas, orientadas fundamentalmente a fortalecer el control sobre otras personas o sobre las colectividades en general. Estas actividades están imbricadas en esencia, a desviar los medios cambiarios de modo artificial, para engrosar lo que ha devenido en el factor esencial para alcanzar el Poder del Estado: la acumulación de dinero.
 
La Constitución de Estados Unidos de América, obra maestra en el diseño de un ordenamiento dirigido a controlar las acciones desmedidas de los seres humanos una vez que alcanzan autoridad sobre otros, fijó con precisión de relojero suizo, criterios muy objetivos referentes a las personas dentro del contexto del Estado, la sociedad y sus leyes. Sus fundamentos reflejaron una preocupación por ese tipo de orden, al margen de clases y partidos.
 
Si bien contuvo aspectos que hicieron clasista la elección del gobierno, aun cuando se ejerciera basado en los postulados allí establecidos, se abstrae sin saberlo, para dejar un legado de estructura gobernante que aun hoy mantiene vigencia y abre caminos. Al margen de la ideas personales de sus protagonistas, quienes defendían como ciudadanos, solamente a los sectores de la sociedad dedicados a la agricultura, el comercio, la incipiente industria y la transportación, o sea a quienes generaban ingresos y pagaban impuestos, su diseño logró un contenido popular que lleva implícito la universalización del mando. Ese espíritu parece que fue comprendido en gran medida por Washington aunque la vida y las realidades políticas lo inclinaran sutilmente a tomar bando.
 
La idea de los creadores de la Constitución fue garantizar por encima de todo la unidad del gobierno, basándose para ello en la división de funciones, de manera que ninguna de ellas impusiese criterios que dimanaran de un consenso impuesto por un liderazgo fortuito.
 
Cuando se despide George Washington de su segundo período de gobierno apela al mantenimiento de la unión de los estados. Dijo entonces “mientras cada parte de la patria recibe de la unión un interés inmediato y particular, todas unidas no pueden fallar para encontrar en la combinación de medios y esfuerzos un gran poder, grandes recursos, y por consiguiente seguridad, y la esperanza de una paz inalterable”. Pero no descuida en mencionar la fortaleza que debe ser inherente al gobierno central, aduciendo que “la base de vuestro sistema político es el derecho que tiene el pueblo de hacer y alterar la constitución y forma de gobierno. Pero la Constitución existente, mientras no se varíe por la voluntad explícita y auténtica de todo el pueblo, es religiosamente obligatoria para todos. La verdadera idea del poder y derecho del pueblo de establecer su propio gobierno, presupone la obligación de cada individuo de obedecer al gobierno establecido”.
 
En el aseguramiento de esta unidad alertó sobre las facciones, alegando que “todo lo que impide la ejecución de las leyes, todas las combinaciones y asociaciones bajo cualquier motivo plausible con designio de turbar, oponerse, violentar las regulares deliberaciones de las autoridades constituidas, son destructivas de los principios fundamentales, y de una tendencia peligrosa. Ellas dan nacimiento a las facciones, y les prestan una fuerza extraordinaria. Ellas colocan en lugar de la voluntad delegada de la nación la voluntad de un partido, y las miras pequeñas y artificiosas de unos pocos, y siguiendo los alternativos triunfos de las facciones diferentes, dirigen la administración pública por mal concertados e intempestivos proyectos, no por planes consistentes y saludables, dirigidos por consejos comunes, y modificados por intereses recíprocos”.
 
Así como a Washington le preocupaba el “peligro de las parcialidades dentro del Estado”  también alertó de “los inconvenientes del espíritu de partido en general”. Decía que “por desgracia dicho espíritu es inseparable de nuestra naturaleza, pues tiene sus raíces en las pasiones más fuertes del corazón humano.” Observaba que “sus vicios se descubren, en toda su extensión, en los gobierno populares, de los cuales es el peor enemigo”. Washington llamaba “gobiernos populares” a aquellos que no respondían a las monarquías, sino esos otros como el incipiente que su Presidencia estrenaba en América. O sea, gobierno de amplia participación. Añadía en su histórico discurso que “la dominación alternativa de las pasiones políticas”, “es causa del espantoso despotismo que ha cometido los más horribles excesos durante muchos siglos en diferentes países”.
 
La interpretación de la Constitución materializada magistralmente en este discurso señaló asuntos que nos traen a la memoria los sucesos por los que atraviesa la sociedad estadounidense en estos días con la bizantina discusión del presupuesto de la nación. Nada mejor que estas palabras para concretar aquella visión. Decía entonces Washington: “el espíritu de partido trabaja constantemente por desorientar al pueblo y corroer la regularidad de los servicios públicos; agita la opinión con celos infundados y falsas insurrecciones; y abre los caminos por donde fácilmente penetran hasta el mismo gobierno las corrupciones e influjos extraños a través de las pasiones facciosas, sujetando a la política de otros la voluntad del país. Muchos opinan que los partidos que actúan en países libres son un freno útil a los gobiernos y contribuyen a conservar el espíritu de libertad. Eso es quizá verdad hasta cierto punto. En los gobiernos monárquicos el patriotismo puede mirar el espíritu de partido, si no con favor, al menos con indulgencia. Pero en los de carácter popular, en los gobiernos puramente electivos, no se debe fomentar ese espíritu, porque a la disposición natural de los mismos nunca faltará el espíritu de partido suficiente para todos los efectos en que sea laudable. Y como siempre hay peligro de que traspase sus límites, debe ponerse un discreto empeño en disminuirlo y mitigarlo mediante la fuerza de la opinión pública. El espíritu de partido jamás debe agotarse del todo; pero deberá ser objeto de una vigilancia constante para que no devore con sus llamas en lugar de caldear”.
 
Anticipó la importancia de “eludir gastos innecesarios, procurando mantener la paz, pero sin olvidar que haciendo algunos desembolsos para conjurar el peligro, se ahorran luego mayores gastos para repelerlo” y también mencionaba que era importante no “cargar a la posteridad, de un modo poco generoso, con un peso que nosotros debemos soportar”. En este punto no descuidó en decir que “para pagar deudas se necesitan rentas, que para tener estas son necesarios impuestos; que no hay impuesto que no sea más o menos incómodo o desagradable; que la dificultad intrínseca que acompaña la elección de los objetos que se han de gravar (elección siempre difícil) debe servir de un motivo decisivo para juzgar con prudencia de las instituciones del gobierno que la hace, e igualmente para reposar en ella y la aquiescencia de espíritu en las medidas para obtener ingresos, las cuales deben ser dictadas por las exigencias del público en todo momento”.
 
Alertó también contra las injerencias en terceros países, abogando por las buenas relaciones con estos, pero manteniéndose alejado de sus asuntos internos. También señaló del peligro del extranjero, señalando que “la vigilancia de una nación libre debe estar siempre despierta contra las artes insidiosas del influjo extranjero, pues la historia y la experiencia prueban que este es uno de los enemigos más mortales del gobierno republicano. Más esta vigilancia debe ser imparcial para que sea útil, pues de otro modo viene a ser el instrumento de aquel mismo influjo que intenta evitar”. Como regla de las relaciones internacionales dijo: “la gran regla de nuestra conducta respecto a las naciones extranjeras, debe reducirse a tener con ellas la menor conexión política que sea posible, mientras extendemos nuestras relaciones comerciales”.
 
Aun no había terminado Washington su período de gobierno y ya las facciones surgían del dogmatismo de algunas personas, que alentaban la creación de facciones. Al momento de su despedida ya existían las agrupaciones que sentaron las bases de los futuros partidos políticos. En este punto es bueno aclarar que facciones no significa la ausencia de una diversidad de opiniones, el espeto de cada cual por ellas y la búsqueda de consenso en la aplicación material de las mismas, para evitar el congelamiento del cuerpo social. Las facciones implican diversidad de pensamiento pero la diversidad de pensamiento no debe conducir a la formación de facciones que interfieran con el funcionamiento al uso del trabajo de los gobiernos.
 
La Constitución del país no hace mención de los partidos. Habla de elegir a quienes se postulen y para garantizar la elección de forma equitativa para cada Estado, establece la creación de un cuerpo de electores designado por la Asamblea Legislativa de cada uno de ellos. Estos electores se encargarían de contar los votos de los postulados para presidentes, procediendo luego a enviar el resultado al Congreso de la Nación. No habla de partidos. Las Asambleas son el factor importante en cada uno de esos Estados y se asume que los aspirantes se auto nombraban candidatos.
 
Los intereses al final, pudieron más que las bondades implicadas en la Carta Magna. El Documento dejó las puertas abiertas para mayores libertades pero en el tiempo de su implementación, los factores humanos capaces de sostener el funcionamiento del país, estaban dados por los productores del momento y la variedad de intereses que fueron surgiendo durante el vertiginosos crecimiento económico, alentaron la formación de facciones y no fue creada ninguna enmienda para evitarlo y canalizar las diferencias.
 
Lo que vemos en Washington en estos días, lo presenciado por más de un siglo desde que Estados Unidos se estrenó en la arena internacional, no se parece en nada, ni a lo expuesto en la Constitución aprobada en 1787, ni a lo dicho por Washington ni a lo pensado por los representantes del poder que hicieron posible una Guerra capaz de unificar, sin disolverlas, a las Trece Colonias de la costa este del Norte de América.
 
Sin embargo, queda el espíritu y la enseñanza de un Estado concebido sin partidos, ni facciones. Aunque inaplicable cuando se hicieron los primeros trazados de su diseño, la utopía de ser materializado, aun dentro de las condiciones inevitables de una economía donde el mercado juega un papel de peso significativo, es posible a la luz de las nuevas corrientes de pensamiento.



A pasos agigantados nos acercamos al consenso de entender, que la revolución no está en la economía, sino que reposa esencialmente en la confección de un nuevo orden estatal.
 

*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en los EEUU y subdirector de Radio Miami 



 

Foto Virgilio PONCE

 



Fuente: enviado por el autor a MARTIANOS-HERMES-CUBAINFORMACIÓN
 

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