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El sino de la dominación yanqui en América Latina son las masacres. Frecuentemente impunes, son negadas al punto que entraron en la literatura como un tema recurrente. Pero, contrariamente a lo que creía Ursula Iguarán, las cosas cambian: llega un momento en que los felones no van a Punta Peuco sino a la puta cárcel. Con la ventaja que desde Lagos en adelante suelen estar privatizadas...

José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.
- Debían ser como tres mil - murmuró.
- ¿Qué?
- Los muertos - aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. "Aquí no ha habido muertos - dijo -. Desde los tiempos de tu tío, el coronel no ha pasado nada en Macondo." En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: "No hubo muertos."

Gabriel García Márquez – “Cien años de soledad”

Escribe Manuel Cabieses Donoso - 26 de febrero 2020

Los indicios son muy claros: la derecha (y su coro tras bastidores: sectores de la ex Concertación) preparan el terreno para una masacre que imponga el orden público.

Más de veinte masacres en nuestra historia consagran el asesinato múltiple como brutal correctivo cuando el pueblo se extralimita en sus intentos históricos por sacudirse de la explotación. Masacrar no significa ningún trauma moral para la oligarquía y sus socios políticos. Derramar sangre indefensa es tarea de las FFAA y Carabineros que cumplen la función de sicarios del sistema.

La casta política se lava las manos. Acribillar al pueblo para imponer el orden público adquiere contornos de un sagrado deber para los gobiernos de este país. Ese orden es la piedra angular de la sociedad. La función de las Fuerzas Armadas y Carabineros es hacerlo respetar cueste lo que cueste.

Así fue ayer. ¿Así será hoy? Es de temer la continuidad de esta siniestra tradición. No hay antecedentes para suponer que se haya producido una renovación democrática en la doctrina de los cuerpos armados.

Las llagas de las masacres cubren de norte a sur el cuerpo plebeyo de Chile. Algunas fueron masivas como la Escuela Santa María de Iquique, en 1907. El asesino general Roberto Silva Renard, de maldita memoria, ordenó ametrallar a más de tres mil obreros, mujeres y niños. También el siglo pasado -para no ir más lejos- registra las masacres del Seguro Obrero, 1938, en el gobierno del liberal Arturo Alessandri; la masacre en las calles de Santiago del 2 y 3 de abril de 1957, en el gobierno del general (r) Carlos Ibáñez; la José María Caro, 1962, en el gobierno de “los gerentes” de Jorge Alessandri; El Salvador, 1966, y Pampa Irigoin (Puerto Montt), 1969, en el gobierno del democristiano Eduardo Frei; y la peor de todas: la masacre permanente de 17 años del general asesino y ladrón Augusto Pinochet, cuyos partidarios vuelven a exigir la paz de los cementerios.

El imperio del orden público a rajatablas es hoy el tema de la casta política y de los medios de comunicación. Unos y otros acarrean agua para su molino con algunos hechos violentos de sospechosa inspiración y factura. El gobierno, consciente que se encamina a derramar más sangre, ha creado un peaje político para compartir responsabilidades. Exige que los partidos condenen la violencia y pidan restablecer el orden público.

La “oposición” lo acepta pero exige a su vez que el gobierno haga uso de sus facultades e imponga el orden público. En buen castellano y sin eufemismos: existe coincidencia entre gobierno y “oposición”. Ambos quieren que las FFAA y Carabineros efectúen una operación de escarmiento. El objetivo es parar en seco el proceso insurreccional que han generado la codicia y abusos de los mismos que maniobran para imponer el orden público manu militari.

La casta política -y la oligarquía que la prohija- temen que el plebiscito del 26 de abril se escape de sus manos. Una victoria arrasadora del “apruebo” y de la Convención Constitucional de 155 miembros elegidos por el pueblo, podría derribar las cortapisas que condenan la Constituyente a la esterilidad. En ese caso se vería amenazado el corazón de la institucionalidad: el modelo económico neoliberal. Este es el peligro real que angustia a los dueños y señores del país.

Chile debe prepararse para la eventualidad de una masacre con el pretexto de restablecer el orden público. Hay que fortalecer la movilización y las demandas populares. También la autodefensa ante la represión policial. Hay que recuperar el espíritu unitario y democrático de la gran marcha del 25 de octubre. Una oportunidad la ofrece el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Los jóvenes, las mujeres y los trabajadores son la punta de vanguardia de la protesta social.

Imponer la voluntad del pueblo requiere un arco clasista muy amplio y democrático. Las exclusiones y dogmatismos son el cáncer de la unidad que requieren las victorias populares. El actual proceso de rebeldía por la dignidad abarca a la mayoría de la población. Allí están también las bases sociales de la ex Concertación y sobre todo la inmensa mayoría de los independientes.

El objetivo de este histórico proceso liberador es democrático y pluriclasista. Exige una Asamblea Constituyente que elabore una nueva Constitución legitimada por el veredicto del pueblo. Esta es sin duda la vía que permitirá construir un nuevo orden social en un país que se ha visto desquiciado por la desigualdad.

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