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La Isla desconocida Blog (Habana) - "Apuntes sobre el concepto de de Orlando Márquez" por Enrique Ubieta Gómez

08/01/10 -

Hay un viejo apotegma que asegura que ya todo está dicho en este mundo -en
torno a los sentimientos, pasiones e intereses humanos; sobre el amor, el
odio, la envidia, etc.--, y que los escritores más originales lo que hacen
es decir lo mismo de una manera diferente; la forma, sin embargo, es
consecuencia a veces de un cambio de perspectiva y produce el hallazgo de
matices no expuestos con anterioridad. Cada época trae un cambio de
perspectiva, y por lo tanto, la posibilidad de formas descubridoras de
nuevos contenidos. Pero no siempre lo que parece es: cuando ciertas formas
retóricas dejan de usarse, pueden ser retomadas como nuevas algunas décadas
después, para ser vendidas en el mercado de las ideas. En la batalla (no
siempre de ideas) que intenta revertir el socialismo cubano, es habitual
este procedimiento, porque la población cubana, en su mayoría nacida o
educada después de 1959, es virgen con respecto a la retórica capitalista y
está en cambio saturada de la socialista (aunque en términos históricos la
socialista sea nueva y la capitalista vieja). Un ejemplo ilustrativo de esa
tendencia -que manipula las necesidades y los consensos sociales,
torciéndoles subrepticiamente el rumbo hacia soluciones capitalistas--, es
el reciente artículo de Orlando Márquez, "Sobre libertad y liberalizaciones"
(Palabra Nueva, Revista de la Arquidiócesis de Las Habana, No. 198,
julio-agosto de 2010), dos términos que no se presuponen más que en el
discurso económico del capitalismo.

Para su primer "descubrimiento", Márquez no selecciona un escenario
tercermundista, como si la aplicación de políticas liberales pudiese
reubicar a Cuba en el mapa geoeconómico. La revelación le llega en York, una
ciudad del Reino Unido, el Norte del Norte en términos económicos. Márquez
tropieza con los homeless (los sin-casa), y enseguida acoge precisiones
terminológicas oficialistas (de los británicos): alguno, dice, puede que
tenga casa, así que es preferible llamarlos rough sleepers (que duermen a la
intemperie).

Entonces comprende que la "propaganda socialista" lo había confundido:
"había hecho mía una idea -escribe-- que no me permitía ver que la libertad
de cada hombre es suya y no depende ni siquiera de mis conceptos de salud
pública u orden social (.) Quizás la idea de libertad de aquellos rough
sleepers no fuera muy académica, les bastaba saber que un día podían dormir
en el hostal Arc Light (se refiere al albergue para indigentes) y al
siguiente alimentarse en el comedor del Ejército de Salvación, o pedir algo
por la puerta trasera de la pizzería más importante de la ciudad. Esa era su
libertad". He aquí el "hallazgo" de Márquez: la pobreza como ejercicio de
libertad individual. Un criterio largamente defendido en las Selecciones de
Reader Digest y en las telenovelas de Univisión; y compartido por liberales
como Ronald Reagan y Margaret Teatcher.

Esta idea es rematada algunos párrafos más adelante, cuando el laico Márquez
aboga por la paz, es decir, no por la retirada de los invasores de Irak y
Afganistán, o por la no agresión a Irán, no por la derogación total, sin
condiciones, del bloqueo económico a Cuba (acto de violencia que ocasiona el
sufrimiento), sino por la paz entre opresores y oprimidos, entre explotados
y explotadores: "tampoco creo que estemos condenados a la lucha constante,
ya no de clases como sugería Marx, sino solo de los intereses personales y
aspiraciones diferentes. ¿Puede alguien demostrar que es malo que una
persona tenga iniciativa empresarial y que otra prefiera ser asalariada?"
Márquez ha "descubierto" que ser asalariado y no empresario es, para la
mayoría de las personas, una elección personal. Que ser rico o pobre es el
resultado de una vocación. De cualquier manera, como somos latinoamericanos
y no europeos, sus descubrimientos hay que situarlos a la fuerza en el
contexto regional. ¿Qué significa en nuestros países ser pobre, desempleado
(sin subsidios posibles), analfabeto, desplazado?, ¿qué significa en América
Latina el capitalismo?

El torcido concepto de paz que tiene Márquez se asocia a un mito
cuidadosamente cultivado por la retórica capitalista: el de la violencia
revolucionaria. Resulta que "responder con ideas a las críticas al modelo
social que impera entre nosotros (y) convencer con argumentos a los que no
comprenden el proceso", como proponen según reconoce dirigentes políticos
cubanos, junto a científicos sociales y periodistas de la Revolución, es sin
embargo "un modo civilizado de actuar, totalmente distinto a la violencia
revolucionaria defendida y practicada por otros". Es una reiterada táctica
ideológica del capitalismo la de oponer los conceptos de revolución y de
evolución (y omitir el verdadero antónimo: el de contrarrevolución), el
primero como una actitud intransigente, violenta, que desconoce el diálogo y
la convivencia.

En realidad, el primer y fundamental acto de violencia es el que ejerce el
explotador sobre el explotado. Dejar las cosas tal como están -como pretende
el reformismo sistémico--, no es un acto de civilidad, sino de mayor
violencia. Liberar a los explotados no es fomentar la violencia: la fomentan
los explotadores que no lo permiten o que están dispuestos a todo -invadir
países, provocar atentados en los que mueran inocentes como excusa para la
acción, asesinar personas, decretar bloqueos económicos, etc.--, con tal de
no perder los privilegios que se sustentan sobre la violencia. Los
explotadores no esperan encontrar "la verdad", sino retomar el poder.
Márquez oculta deliberadamente ese detalle. Fue la Revolución la que
alfabetizó al pueblo, la que elevó el nivel educacional general hasta el
noveno grado y formó a un millón de profesionales, la que nos pidió en la
voz de Fidel que "leyéramos, no que creyéramos". Márquez oculta el hecho
indiscutible de que el socialismo necesita convencer con ideas, mientras que
el capitalismo lo hace con imágenes; las explicaciones y los argumentos son
enemigos naturales del capitalismo.

Para eludir todas estas argumentaciones, Márquez acude a un viejo sofisma, y
produce un párrafo que es digno de figurar en cualquier antología del
disparate: "La cuestión tampoco es reducir el dilema a "capitalismo" y
"socialismo" -dice--, trampa preferida de inmovilistas y fariseos de la
política. Esos términos, y los contenidos que expresan, seguirán existiendo
por mucho tiempo más y continuaremos aplicándolos, pero la realidad humana,
y por ende social, es superior a todo intento por encasillarla, más aún en
una época tan singular como la nuestra, donde los capitalistas chinos son
bienvenidos al Partido comunista de su país, mientras al Gobierno de Estados
Unidos se le llama comunista por aplicar fórmulas de mayor control estatal".

No se trata, creo, de absoluta ignorancia. Hay en Márquez una buena dosis de
maldad (de falta de interés en la verdad, en la discusión seria con
argumentos, muestra elocuente de que su deseo no es convencer como nos pide,
sino confundir): él, como cubano, sabe que no es lo mismo comunismo que
socialismo, que no es lo mismo socialismo que una sociedad alternativa, más
justa, en un contexto que no permite otros avances; sabe que el modelo chino
tuvo que enfrentar el hambre de mil millones de ciudadanos y buscar
soluciones provisionales que priorizaran lo impostergable en un mundo
hostil: la vida; sabe también que nadie con elementales conocimientos de
política calificaría al gobierno estadounidense de "comunista" (cuando ni
siquiera aspira a soluciones internas de corte socialdemócrata).

Quiere escamotear la existencia del capitalismo, para llevarnos a él; que no
arribemos a una conclusión ineludible: la Humanidad solo tiene un camino
para su salvación -social, ecológica--, el anticapitalismo. Póngale Márquez
el nombre que quiera. El marxismo no es un dogma -como el de la Iglesia, por
ejemplo--, es un método de análisis, que se enriquece con los datos
cambiantes de la realidad histórica. No es "un argumento" de "la Europa del
siglo XIX". Estoy seguro que Márquez lo sabe, aunque eluda el debate
sincero.

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