HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

POR Dr. Rodolfo Davalos 


Brother, hermano en idioma inglés, fue siempre la forma en la que, desde niños, se
llamaron uno a otro, los dos hermanos René y Roberto González Sehwerert.
De niños amor infinito, comprensión, apoyo, solidaridad, en Estados Unidos y en Cuba,
dondequiera que vivieron, ejemplos de verdadera hermandad. La vida los separó, pues
aun los hermanos, como afluentes de un mismo río, pueden tomar cauces diferentes.
René, un piloto que huyó a Estados Unidos. Roberto, un abogado del Bufete Colectivo.
No fue por mucho tiempo; un día, el 12 de septiembre de 1998, quedaron unidos para
toda la vida. René no era un traidor, su corazón se lo había dicho siempre. Y en medio del
dolor de saberle detenido y acusado, de percibir los riesgos y los maltratos a que sería
sometido, la causa le llenó de orgullo. René era un agente infiltrado en los grupos
contrarrevolucionarios anticubanos del sur de la Florida, era un luchador antiterrorista.
Desde entonces, esa fue su causa.
En lo adelante se le vería allí, en la Corte Federal del Distrito Sur de la Florida, en Miami
Dade, en las distintas etapas del juicio de los Cinco. Su condición de abogado, y su
dominio del idioma inglés, le permitió adentrarse en los vericuetos del amañado proceso;
pronto no sería solo el hermano de uno de los héroes, sino de los cinco; fue asumido por
el equipo de abogados de la defensa como uno más, y no pasó mucho tiempo en que se
convirtiera, a mi juicio, junto a Leonard Weinglass, quien más llegó a conocer del caso,
quien mejor ha dominado hasta el más mínimo detalle del largo y complicado proceso. Se
le vería una y otra vez en Atlanta o en Miami, en la Corte o en los despachos de los
abogados, en reuniones y eventos de solidaridad, y, cuando lograba el permiso de las
autoridades penitenciarias, en la prisión llevando aliento, esperanza, decisión de lucha,
seguridad en la victoria. No hubo más descanso, ni tregua, solo batallar por la justicia, por
la libertad de los Cinco. Esa era su causa.

Aprendí de él los detalles de CIPA (por sus siglas en inglés, Classified Information
Procedures Act), o sea, Ley de Procedimiento de Información Clasificada, un estatuto
legal que autoriza que un proceso judicial en Estados Unidos se desarrolle bajo un
procedimiento especial encaminado a proteger información clasificada, cuya aplicación no
se justificaba en este caso, y que fue un instrumento de la maldad para perjudicar y dejar
en estado de indefensión a los patriotas. Escuché sus criterios sobre la defensa afirmativa
o estado de necesidad, aquella situación especial en la cual los bienes necesarios para la
vida humana, o esta misma, se encuentran en peligro real, y pesa sobre ellos una
amenaza, de tal forma que uno se encuentra moralmente constreñido a infringir la ley
para salvaguardarlos, como el caso de evitar la comisión de actos y hechos terroristas
contra Cuba y el derramamiento de sangre inocente. Intercambiamos sobre las
obstrucciones a la defensa, y el doble «hueco», aquel calabozo donde enviaban a los
acusados y el encierro oculto de las evidencias para que no coincidieran los unos y las
otras en el encuentro con los abogados; comentamos sobre los Amicus Curiae y otros
aspectos interesantes del proceso. Jamás asomó un rasgo pretencioso por sus profundos
conocimientos; su sabiduría apenas se dejaba ver bajo su modestia y su lenguaje directo
y sencillo.
Un día puse en sus manos mi libro sobre el proceso de los Cinco. «Gracias, brother», me
dijo con afecto en medio del abrazo. Me quedé en una pieza, no merecía aquel
calificativo, reservado para el héroe. Así se lo dije, pero lo repitió, en generoso
agradecimiento a quien aportaba solo un pequeño grano de arena, como hizo con todos
los que se sumaron a la causa.
Se nos va Roberto, y su causa está inconclusa. Queda mucho por andar aún en el ya
largo camino a la libertad de los Cinco, preñado de injusticias, marcado por el silencio de
los medios de comunicación y las maniobras del Gobierno de Estados Unidos para ocultar
la verdad sobre el proceso, y el terrorismo contra Cuba y su pueblo.
Debemos seguir su ejemplo, impedir que la mano sin vida deje caer el arma al suelo, hay
que tomarla y salir al camino con la adarga al brazo, a librar la batalla por la libertad de los
Cinco, por el derecho de un pueblo a vivir en paz.
Hace falta esfuerzo y decisión, voluntad y empeño, no es tarea de un día, no es cosa de
metas y consignas. Ni siquiera es solamente una batalla legal. Es necesario la solidaridad
internacional, hay que hacer conocer las violaciones, criticarlas, condenarlas, convencer,
sumar voluntades, mover organizaciones solidarias, llegar a los medios, luchar contra el
muro de silencio, hacer luz las tinieblas del proceso y llegar al propio pueblo
estadounidense y a la Casa Blanca en el reclamo de justicia.
Como me dijera un día Roberto: "los Cinco saldrán cuando el pueblo y el Gobierno de
Estados Unidos se den cuenta que están pagando muy cara la injusticia". Esa debe ser
nuestra batalla.
Digamos hasta siempre a Roberto, en la seguridad de que su causa seguirá adelante, que
los hombres y mujeres dignos de todo el mundo levantarán sus voces y unirán sus
acciones en el reclamo de justicia, hasta el regreso de los Cinco a la patria.
La causa del brother es la causa de todos los cubanos y de todos aquellos a quienes la
injusticia oprime el corazón.

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