HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

Indignados, señales de nuevos tiempos. Por Lorenzo Gonzalo*


Foto Virgilio PONCE


Miami, 30 de Mayo del 2011
 
Entre los tantos pensamientos escuchados durante las protestas populares de España, previas a las elecciones del domingo 22 de mayo del 2011, hay una que me llamó la atención: “Siento que sin pensarlo hemos creado un movimiento que puede cambiar la historia de la democracia”. Así lo expresaba Noelia Moreno quien era la encargada en Madrid de las comunicaciones del M-15, semi organismo que representa en gran medida, las movilizaciones españolas de estos días, junto con Democracia Real Ya.
 
A pesar de la existencia de este par de organizaciones, hasta hoy desconocidas y otras de nombres igualmente intrascendentes, muchos consideran que esta movilización carece de estructura y no está sujeta a ningún plan elaborado visible. Las protestas españolas algunos las comparan con las de Medio Oriente, aunque las estructuras de Estado en que tienen lugar y los resultados que cada una de ellas ha producido, se diferencian demasiado para apelar a semejante comparación. En sentido general, sus participantes dicen hacerlo por una España mejor y rechazan identificarse con los partidos tradicionales e incluso, de forma mayoritaria, la gente confía en el voto como un método efectivo para canalizar sus aspiraciones, pero también consideran que los partidos políticos, al menos como se conocen hasta hoy, no son la solución.
 
De las quejas más escuchadas, una se refiere a que el voto, en la manera que se ejerce en la actualidad “no sirve” y la otra, dice no estar contra del sistema “sino con la manera en que vivimos”. Evidentemente, ambas solamente pueden tener solución mediante transformaciones políticas radicales y partiendo de esa nueva condición, planear gradualmente una economía que supere las aberraciones creadas por los manejos personales a los cuales ha sido sometida durante dos centurias, contradiciendo el carácter social adquirido durante el surgimiento de la Revolución Industrial.
 
Dentro de ese proceso de desarrollo tecnológico, la economía sufrió transformaciones bajo una dirección individual masiva, que logró liderar nuevas formas de aplicar las recientes tecnologías al orden productivo, dando lugar a una descomunal productividad, nunca antes imaginada.
 
Pero el fluir de las leyes generales que se conformaron durante ese proceso, escapó al control de las comunidades y culminó entregando su manejo a personas que capitalizaron para sí, la masiva acción individual que hizo posible el gran salto de la producción. De una dirección individual, con tendencias colectivas, apuntalada en una diversidad individual, se convirtió en predio de unos pocos. Estos pocos, con el tiempo asumieron e integraron las actividades individuales dentro de sus emporios, dando lugar a profundas distorsiones que ocasionan daños colectivos de tal envergadura que hoy muchos no saben si tendrán una solución en el futuro.
 
La prueba de que el desenvolvimiento de las tendencias a las que apuntan las leyes básicas primarias de la economía, en un instante histórico dado, negaron poseer un carácter meramente personal, se demuestra por las concentraciones  industriales, de los servicios y de las entidades dominantes del sistema cambiario (capital financiero), las cuales se hicieron necesarias para su sostenimiento y desarrollo. La nueva forma de producir indicaba con esto un carácter individual de dimensiones colectivas. La dialéctica de ese proceso hizo posible que en este punto, personas particulares convirtieran las concentraciones en subestructuras que actuaban dentro de los grandes Estados que a su vez habían surgido al calor de esos mecanismos. Se trató de los grandes conglomerados corporativos, cartels y monopolios, que más tarde se les llamó corporaciones por las variantes organizativas que adquirieron. Dichas estructuras comenzaron a actuar como micro estados paralelos, apropiándose de las iniciativas individuales, no negándolas ni erradicándolas del todo, pero asumiendo ellas, bajo direcciones privadas, la dirección única de la gestión. La sabiduría de esas personas y grupos, consistió esencialmente en incorporar, respetándola hasta cierto punto, la acción individual había sentado las bases primitivas del nuevo proceso. El gran pecado de esa distorsión fue apropiarse de beneficios que exceden los límites de los esfuerzos individuales, para uso, desuso y beneficio de esas personas y grupos. El contenido social de las riquezas producidas fue anulado, en detrimento de los esfuerzos individuales que los crean y de las necesidades sociales insatisfechas. El sistema ha permanecido incólume, mientras los beneficios y males de esos funcionamientos se desarrollan y acumulan.
 
La acumulación de los males ha ido creando inconformidades que se diferencian de épocas anteriores por el caudal informativo que las nuevas tecnologías desarrolladas ofrecen a las grandes mayorías. A esa información es imprescindible sumar la educación académica adquirida por grandes masas de población que les permite elaborar ese caudal.
 
De ese conjunto de insatisfacciones deben estarse tejiendo las protestas que estamos presenciando. No parecen ser cabos sueltos, que nacen del hambre y otras desesperaciones. Mucho menos constituyen protestas de obreros fabriles, reclamando los beneficios que se roban los dueños malos o los capitalistas explotadores. Todo parece ser algo más masivo, donde lo anterior se junta, pero la sociedad en pleno reclama. El proceso de donde surgen los grandes retrocesos de la producción y de aquellos beneficios tan básicos como la educación, la salud, la cultura, el entrenamiento personal, atención integral a la vejez y a los discapacitados, requiere de ajustes y quienes protestan no saben cuál tipo de ajustes y qué procedimiento puede conducir a su solución, pero saben que “no podemos seguir viviendo de la manera en que vivimos”. Y cuando dicen esto se refieren a la zozobra, la falta de confianza en el futuro, a la inseguridad respecto al techo que los cobija, a la escuela donde sus niños no pueden asistir o al exceso de tecnología que roba recursos, esfuerzos personales e inventivas individuales, en detrimento de satisfacciones que hoy se han vuelto mayoritariamente elementales, pero a la cual no acceden las mayorías, porque debido a las dificultades productivas a las que dan lugar esas desviaciones, los mismos se encarecen, resultando inalcanzables para el mayor porcentaje de las poblaciones.
 
Es el desastre generalizado. Muchos lo han visto venir desde hace tiempo, pero las sociedades desplazan esos pensamientos de sus prioridades y cosechan esperanzas celestiales con las pinceladas de azul que, a regañadientes, les entregan los micro estados post industriales que, como hiedras fatales, invaden los escasos muros de protección que aún sobreviven.
 
Las nuevas técnicas, las complejidades creadas por nuevas rutas comerciales y los requerimientos masivos de producir, transformaron la producción en una ciencia que con el tiempo fue bautizada con el nombre de economía. De ese desarrollo brotó un nuevo tipo de Estado, cuya elaboración más acabada tuvo su origen en Norteamérica, tanto en Estados Unidos originalmente, como en Canadá.
 
Con la aparición del nuevo Estado, el criterio de democracia elaborado por griegos y romanos, volvió a cobrar vigencia y se convirtió en una aspiración de convivencia, más que en una forma específica de gobierno. Se crearon entonces partidos, que fueron una forma de instrumentarla, aunque de ningún modo significaron una manera de definirla.
 
El tiempo parece haber agotado las formas de dicha institución y los sucesos que ha presenciado el comienzo de este siglo, quizás indiquen que tanto los “indignados” de España, como los “protestantes” de Medio Oriente, anuncian la necesidad de una nueva democracia, lo cual, de ocurrir, cambiaría la historia.

No será mañana, pero definitivamente, este siglo será protagonista y testigo.
 

  

Foto Virgilio PONCE


*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en los EEUU y subdirector de Radio Miami 

Fuente: enviado por el autor a Martianos-HERMES

  

 

 

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