HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

Por Jorge C. Oliva Espinosa


Al Dr. Eusebio Leal Spengler,
como pequeño tributo de un habanero agradecido.

 

REGLA EN OTRAS PARTES

Regla, además de ser pueblo y municipio habanero, de cubanía probada en la Historia, está presente en otros sitios, tanto en la tierra como en el cielo:

En el Municipio español de Chipiona, perteneciente a la provincia de Cádiz, Andalucía, existe un Santuario de la Virgen de Regla que data del Siglo XIV y que constituye uno de sus monumentos más importantes. Hay una Constelación de Regla, también llamada Constelación de La Escuadra. Y por último, en el estado mejicano de Hidalgo está presente esta toponimia.


ESTAMPAS REGLANAS


"... No sé que tienen estas calles de Regla, que siendo empedradas parece que de ellas brotan flores”...
José Martí
(Velada inaugural del Liceo Artístico y Literario de Regla, febrero 8 de 1879)

“Dónde pongo lo hallado, en las calles, en los libros, la noche, los rostros en que te he buscado…
Dónde pongo lo hallado, en la tierra, en tu nombre, en la Biblia, en el día en que al fin te he encontrado”.
Silvio Rodríguez

¡Me he enamorado!

Definitivamente: ¡Me he enamorado! Mejor sería decir que ella me ha envuelto en sus redes de amor, me ha prendado y prendido a sus faldas; asido a ellas ya caminaré, siguiéndola, el trecho que aún me falta por andar. La descubrí a la orilla misma de la bahía; pizpireta, me permitió mirarla detenidamente y se me acercó atrevida, provocadora e impúdica. Suave brisa marina la envolvía. Olía a salitre, a hierros carcomidos de viejos barcos que echaron sus anclas para siempre aquí, a pilotes embreados, a hembra bañada y resuelta. Orgullosa, reclamó ser la mestiza absoluta y perfecta, por sus múltiples ascendencias africanas, china y europea. Del Continente Negro posee el desierto y la selva; de Europa exhibe lo francés venido de un esclavo “Saint Domingue”, el de los cafetales sin fin, el que derrotó a Napoleón; también es, por andaluza, gitana legítima, del pueblo romaní, y de Asia aún conserva los ojos rasgados y el pelo lacio. Es decidora, bulliciosa, guarachera pero profunda, y lleva en el fuego interior que la abrasa, un mundo de leyendas, de hechicerías y de tentadoras promesas. Desde el primer encuentro se apoderó de mí, desde ese instante la amé con pasión y la hice mi todo, mi rincón y mi mundo. Es la parte de mi adorada Cuba que me rodea inmediata, más tangible, la que yo puedo ver, tocar, oler, sentirla junto a mí, rodeándome con ese abrazo tan posesivo que solamente ella sabe dar. Celosa guardiana de tradiciones que conserva y venera, bebedora de ron, rebelde y humilde pero altiva, jugadora empedernida del azar, supersticiosa, adora a varios Dioses, los reverencia a todos sin postergar a ninguno. Pero sobre todo, ama a sus hijos. Los que ha tenido con diferentes padres. Y entre ellos, me ha aceptado a mí, quizás sabiendo que yo soy su Edipo. Se llama REGLA (antes se llamó Guaicanamar) y es un pueblo provinciano, adherido a la Capital, dicotómico y encantador en sus contradicciones. En ella trasplanté mi hogar. Todo aquí me parece maravilloso.

Regla, pretenciosamente, se autodenomina "ultramarina", y sin embargo está al otro lado de la bahía, más bien al fondo de la misma, en su parte más resguardada, frente a la hoy mal llamada "Habana Vieja", esa que nuestro Historiador de la Ciudad ha reconstruido como era, cuando era nueva. Con igual razón, los habaneros pudieran titular su ciudad como "La ultramarina ciudad de La Habana". Realmente el ambiente, del que están impregnadas ambas, no es marino, sino portuario. (Aquí parecen encarnarse muchas novelas de Onetti) El paisaje de Regla, de pueblito del interior, remeda algunas zonas de Santiago de Cuba, con sus calles empinadas en lomas que bajan, suben, y descuelgan escaleras de lo alto, que descienden a otra calle. Las casas, igual, muchas de una sola planta y techo de tejas, con puertas que abren directamente sobre la acera, de la que se elevan por tres o más escalones. Aún luchan por sobrevivir algunas casas de madera, desafiando al tiempo con su antigüedad de tablas semipodridas. Otras siguen sosteniendo techos renovados sobre los originales muros del mampuesto colonial, muros de grosor descomunal, como de fortaleza, hechos para resistir asedios y cañonazos. Esta imagen de pueblo provinciano, contrasta con los siete minutos que tarda la lancha en trasladarnos al centro capitalino, restaurado por Eusebio Leal.

Si Carpentier bautizó a La Habana como "Ciudad de las Columnas", yo me atrevo a nombrar a Regla como “El Pueblo de los Pasillos". En efecto, en cada cuadra, podemos encontrar más de un pasillo, angosto pasadizo, túnel que penetra, unas veces techado, las más a cielo abierto, hasta el fondo, flanqueado por hileras de cuartos y viviendas de espacio constreñido. El llamado "pasillo" es la versión reglana del solar habanero, pero sin el patio central donde exhibía aquel, los lavaderos, el inodoro y la ducha colectivos.

Pero más impactante que el paisaje arquitectónico, físico, es la arquitectura social. Aquí la gente siente como propiedad de cada cual la villa que habitan orgullosos, son más cercanos y familiares, gentes de pueblo. Ellos viven a otro ritmo, donde siempre hay tiempo para conversar, para intercambiar con el vecino inmediato, para conocer al mediato y aún al lejano, o para indagar sobre el forastero. Aquí he comprendido lo que Hemingway encontró en Cojímar. Yo lo he hallado en Regla: Son los temas y personajes que te salen al encuentro, que te asaltan la vista y el oído con sus rasgos y relatos que exigen dejar testimonio escrito. Aquí la llamada "inspiración" ronda por las calles. Solamente hay que salir a encontrarse con ella.

Regla arrastra una larga tradición de religiones entremezcladas y es uno de los lugares donde mejor se puede apreciar el sincretismo de cultos estudiados por Fernando Ortiz. La Virgen de Regla, la única virgen negra de Cuba, es la Yemayá afrocubana, marinera y reina de las aguas. Aquí se alza, pegado al mar, su santuario. Y aquí su pueblo le rinde fervoroso culto bivalente. A la multifacética madre de Jesús y a la orisha yoruba, señora de los mares, dueña del color azul, oscuro para Yemayá Olokun, claro y blanco para otra de sus representaciones, la de los puertos. El cura católico ha tenido que aceptar en su templo, ceremonias y ofrendas para ambas deidades. Regla tiene un único cura párroco, pero muchos “babalaos”. Ellos, sacerdotes respetados, ofician sacrificios sangrientos, ensalmos y baños de despojo, leen el porvenir y aconsejan a sus “ahijados”. Muchos de los lugareños llevan collares y pulsos de cuentas alternadas, verdes y amarillas, que los identifican como creyentes iniciados: Ese pulso es “La Mano de Orula”. Otros muchos, hembras y varones, van vestidos del blanco absoluto, proclamando la advocación de su Santo. Por otra parte, este pueblo fue, con Guanabacoa, cuna de la sociedad secreta Abakuá, nacida entre los estibadores del puerto, gente ruda y noble que, aún hoy, viven aquí, hermanados alrededor de su “palo”, observando su ritual secreto (plante) y el código ético que los distingue. Por último, los primeros chinos que emigraron a Cuba, los pobrecitos culíes, traídos engañados, como sustitutos del negro, cuando se suprimió la trata, desembarcaron en Regla y en Regla fueron recluidos en un barracón y tratados como nuevos esclavos.

Cuentan los más viejos, que un alcalde ladrón aprobó la construcción de aceras, negocio que le permitió apropiarse de sumas considerables del presupuesto municipal. El pueblo reclamaba otras obras más perentorias, y como muestra de rechazo a la decisión alcaldicia, todos comenzaron a caminar por las calles sin pisar acera alguna. Hoy todavía los reglanos andan y desandan sus calles, no por las veredas para peatones, sino disputándoles el paso a los vehículos.

Resumiendo: Puedo decir que, como Alicia, he llegado a mi “Pueblo de Maravillas”. Si exagero, perdónenme amigos. Ya les dije que ESTOY ENAMORADO.

Ella, Regla, mi amor, cuenta su historia

Estamos sentados en el muro del pequeño malecón; frente a nosotros, brazo de bahía por medio, >la Habana vetusta y renovada nos invita a un viaje en el tiempo, para contemplarla en la plenitud del siglo XIX. Un poco hacia la derecha, el paisaje indescriptible de la bocana que, con su enhiesto Morro como guardián de entrada, faro señalador, como símbolo fálico, comunica la bahía con el mar abierto. A nuestras espaldas la iglesia donde se venera, en una sola imagen, a dos deidades de cultos diferentes. Permanecemos muy juntos, ella me provoca con la proximidad de sus colinas que, cual hermosas tetas, exhibe sugestiva. Me habla íntima, en voz baja, con su timbre grave, cálido y femenino. Comienza a contarme su historia:

En un principio, albergué un caserío aborigen. Entonces me llamaba Guaicanamar. Después se asentaron en mí pescadores y braceros de los muelles, gente pobre, marginada y preterida que, aunque súbditos españoles, se sentían “del país”, “criollos”. Para diferenciarse de los peninsulares, se autonombraban “españoles de ultramar”, “ultramarinos”. Quizás de ahí derivó uno de mis apelativos. Mi topografía ondulada, de colinas que retan la ascensión del caminante, contribuyó a moldear una característica de mis hijos: ser esforzados, pues aquí, para caminar por mis calles empinadas, hay que hacer esfuerzos. Subirlas fortalece las piernas y el carácter. Más tarde me poblaron negros que ya eran libres, pero que seguían sufriendo el maltrato de sus antiguos amos, resentidos por haber perdido en ellos una propiedad, a la vez que eran discriminados por los demás blancos. Hasta aquí vinieron huyendo, para sentirse al fin personas. Mis pobladores todos, eran los rechazados por aquella sociedad colonial. Y por esa razón, surgió entre ellos un sentimiento de solidaridad que convirtió sus identidades varias en unidad e identidad única; lo peculiar les vino de las mezclas, fue el resultado de una sucesión de coitos interraciales. Como autodefensa y protección, surgieron asociaciones de ayuda mutua, recios cabildos, Logias masónicas y sociedades secretas. Otro escudo con el que contaron, fue el sincretismo religioso. Él les permitió aceptar a la Virgen impuesta que, como concesión tuvo que volverse negra, para que los poblanos reconociesen en su imagen a Yemayá. Todos fueron libres de escoger sus creencias y cada uno respetó la fe del otro.>

Como bien sabes, en 1762 La Habana fue ocupada por los ingleses. Los pálidos soldados de casaca roja se limitaron a patrullar la ciudadela amurallada. Nunca se atrevieron a pisar mis calles, a pesar que yo estaba bien cerca, como quien dice enfrente, al otro lado de la bahía. Parece que tenían bien presente el recuerdo machetero del guanabacoense Pepe Antonio. De todas formas, la ocupación duró bien poco, no llegó a un año. Y cuando se produjo la restauración del dominio hispano, el nuevo gobernador enviado, Ricla, despreciando los habaneros, prefirió uno de mis muelles para desembarcar. >

Mi temprano criollismo no tardó en volverse cubanía, sentimiento de nación por concretarse y resolverse en soberanía plena. Así fui centro del laborantismo independentista. En defensa del ideal libertario, al llamado de Carlos Manuel, mis hijos subieron al cadalso, como el joven Eduardo Facciolo. Otros cayeron luchando en la manigua redentora. Siempre he dado mártires y héroes.>

Al abolirse la trata de negros, se intentó sustituir aquellos por infelices culíes, traídos engañados desde Cantón. Entonces, fue mi tierra la primera que pisaron aquellos chinos convertidos en nuevos esclavos. Yo los albergué en un barracón aledaño al muelle. Poco después, cuando algunos de ellos se rebelaron, yo di refugio a los fugitivos. Ellos fueron a sumarse a mi “ajiaco étnico1” y aquí nadie los delató.>

En un guadaño atravesó muchas veces la bahía, para llegarse a mí, José Martí; había regresado a Cuba durante la mal llamada “Paz del Zanjón”. Él venía a visitar a su amigo Pedro Coyula, quien lo invitó a hablar en la velada inaugural de mi Liceo Artístico Literario. Las lisonjas que me dedicó me hicieron sonrojar. Eso fue en 1879. El Liceo era un centro conspirativo, allí se reunieron todos los Clubes revolucionarios que funcionaban en la Habana y nombraron a Martí su representante por Occidente. En esa reunión, no pude evitarlo, participaron espías españoles; eso costó muchas detenciones y a Martí su segunda deportación.>

De nuevo, fui conspiradora durante la preparación de “La Guerra Necesaria”. Se conspiraba en la barbería de Bonifacio Mojica, a la que todos llamaban "El Salón de Oriente", en el mercado, en el café "Catalán" y en el "Liceo”.Al llegar la orden de alzamiento, una vez más, mis hijos se enrolaron en la contienda libertaria. Entre ellos, uno, Federico Mendizábal Alemán, alcanzó los grados de General de Brigada, dos llegaron a Tenientes Coroneles y siete, a comandantes.

Cuando murió Vladimir Ilich, y siendo muy joven nuestra República castrada, un alcalde mío bautizó una de mis colinas como “Colina Lenin”, en homenaje al creador del primer Estado de trabajadores y campesinos. El ideal socialista tuvo arraigo entre mi gente, fui cuna de fuertes movimientos sindicales y por mis calles vi caminar a muchos de sus más destacados líderes; en mis casas encontraron amparo cuando eran perseguidos. Mis hijos siempre fueron rebeldes y levantiscos, por eso no es de extrañar que, en la lucha contra la última dictadura de Batista, se me conociera con el sobrenombre de “La Sierra Chiquita”…

No dice más, la veo conmovida por recuerdos gloriosos y tristes, se levanta y echa a andar calle Martí arriba. Voy tras ella, totalmente poseído, desbordado de amor.



EL ESCENARIO



Pegado a la orilla, el escenario está acurrucado, entre tramoyas, al fondo de la bahía donde, adentrándose en ella como península, divide las aguas en dos ensenadas que le rodean. La escenografía, paisajes de puerto: Grandes grúas alzan al cielo sus cuellos de jirafas, barcos en atraque, embreados pilotes hincados en el agua, bitas, hierros carcomidos por un anclar para siempre y cordajes por amarrar en el más allá. Algarabía de marinos en asueto, amargor de braceros sin trabajo, salitre que impregna el ambiente, recodo último de la bahía, rincón de creencias y cubanía. Eso es Regla. Pero es más: es pueblo de campo y es Capital, refugio provinciano y parte de una única habanidad. Estás en La Habana y no estás. Aquí madera y tejas, allí el mampuesto colonial, de telón de fondo: la gran ciudad. El municipio más pequeño y el de más alta densidad., el único que tiene una virgen en propiedad. Virgen que es doble, porque es María y es Yemayá. Aquí, al final de mi tiempo, vine a recalar; a sumirme en este encanto, atracado a mis recuerdos, como un barco más.



DECORADOS

Las casas

Estilos y materiales incompatibles, en estados de conservación al parecer anacrónicos, forman un abigarrado popurrí en la arquitectura reglana. Subsisten arcaicas casas de madera, casi ruinas, pintadas de ese color que sólo da el tiempo. De ellas, algunas se inclinan mientras otras se mantienen enhiestas, pero todas resistiendo el peso de los años, negadas a desaparecer. Son testimonios de los asentamientos más remotos, viviendas de pescadores, braceros y estibadores, gente curtida de sol y salitre, nervudos, de recia urdimbre, como sus casas. Esas casas parecen barcas varadas en tierra, añorantes de travesías, protagonistas de naufragios. Ellas contemporizan con las primeras mamposterías republicanas, ancianas también, pero no tanto como los gruesos muros del mampuesto colonial, que han mutado con el tiempo sus techumbres, como se cambia de sombrero, se desecha el ya raído y se le sustituye por el nuevo. Levantados por los abuelos de los abuelos, siguen soportando los más disímiles techados. ¡Ah, los techos! Vista desde la altura, Regla es un muestrario de cubiertas, se intercalan las tejas y el zinc, la placa de hormigón y el cartón embreado. Serpenteando entre ellos, descubiertos al cielo, los pasillos. Muy estrechos algunos, laberínticos a veces, refugio de penurias siempre.

Modernas edificaciones alternan con estas antigüedades, testigos de relativas y variadas bonanzas, del progreso de sus moradores mediante el trabajo y el sacrificio, o por las ganancias no siempre claras de turbios negocios… Pero todas pequeñas, ajustadas al limitado espacio. Espacio urbano que tuvo que reacomodarse para albergar cada vez más reglanos. Porque la población fue creciendo y creciendo y el mar estaba por el frente, por los costados y atrás las empinadas lomas como un cercado. Más personas y más casas, para convivir se hacinaron. Cuando el centro estuvo colmado, casuchas precarias en las abruptas laderas colgaron. Y las lomas se fueron poblando con pasmosos equilibrios de mago. Regla tiene zonas donde las casas, en oleadas, asaltaron las colinas por sus vertientes más escarpadas, enracimándose unas sobre las otras, hasta alcanzar a las que llegaron primero y se hicieron dueñas de las cumbres. Forman entonces hileras a distintos niveles, que se comunican por estrechos y zigzagueantes trillos labrados en la roca. Nada tienen que envidiar a los famosos Cerros de Caracas, ni a las favelas cariocas. El acceso allí es imposible por medios motorizados, es obligado subir caminando.

Arriba y en lo llano, en el litoral bajo o en el terreno escarpado, el área fue poca y los reducidos interiores propiciaron una vecindad promiscua, familiar, de poblano. Las paredes medianeras, indiscretas, con ventanas que rompen todo reglamento urbano, son vasos comunicantes de intimidades, dejando escapar por sus vanos, un abanico de sonidos: suspiros y estornudos, gritos y espasmos. Una cotidianeidad que se repite hasta el cansancio.

Las fachadas muestran, en cambio, todo un universo policromado, prueba fehaciente del gusto por el color vario del reglano. Aquí han logrado la imposible compatibilidad del rojo y el amaranto, del azul y el verde y hasta del rosa con el color naranjo. Así, esta cuadra remeda la paleta de Matisse, aquella la de Van Gogh y aún otra recuerda la gama y sensualidad de un Tiziano. En la calle Maceo, casi esquina a la de Agramonte, hay una edificación de pocas e indefinidas plantas, tan surrealista, que pudiera ser un monumento a Salvador Dalí. Allí, de lo alto y al descubierto, visibles desde la calle, las absurdas escaleras, no se sabe si suben o bajan, porque para acceder al nivel inmediato superior, es necesario subir primero al más alto y bajar luego para no llegar a ninguna parte, sólo allí…

Las calles

Gradual pero empecinadamente, las calles de Regla parecen buscar la verticalidad; con sus continuos ascensos y descensos plantean un desafío a las piernas no entrenadas. El pueblo tiene dos arterias principales que, como espinas dorsales, lo recorren longitudinalmente: La Calle Martí y la Calle Maceo. La primera recibe a los visitantes y los hace bajar hacia el emboque, donde está el santuario de la virgen tutelar y las lanchas que van y vienen, cruzando la bahía, como lanzaderas de una trama de La Habana Vieja. Por Martí, bajando del Camposanto, se entra al pueblo. Pero si se llega por vía marítima, entonces por ella se subirá para recorrer Regla. Origen y destino en parábola de calle, sube desde el mar para morir frente al cementerio.

Martí es la única con aceras de granito. Este lujo, en medio de tanta pobreza, provocó una enérgica protesta popular. Otras obras, más necesarias, eran reclamo general. Pero lo presupuestado para el público transitar, engordaba la bolsa de un alcalde sin moral. El escándalo fue mayúsculo y del parque para allá, el granito quedó sin pulimentar. Desde entonces, rebeldes, los poblanos caminan por la calle, sin las aceras pisar. Martí, que es calle comercial, pasa frente al parque llamado Guaicanamar, al fondo del cual, parece esconderse, ocultando sus fraudes, del gobierno la sede municipal. En ese edificio, en tiempos de la tiranía, radicó la estación de policía, refugio de asesinos y torturadores, palacio de la villanía. Hoy la vieja edificación la ocupa el revolucionario Poder Popular.

Maceo es más ancha y menos concurrida. Acompaña a Martí a lo largo de su recorrido, sirviéndole de flanco inmediato y como aquella, también comienza o termina en el cementerio. Maceo exhibe las mejores casas; algunas, orgullosas, se distancian de la acera mediante portales con muros por barandas. No comparten pared medianera, totalmente independizadas de sus vecinas. No obstante, tanto en Martí como en Maceo, a tramos, se hacen presentes esos solares sin patio, que aquí llaman “Pasillos”. Cuarterías interiores, a lo largo de estrechas galerías.

Como costillas, at>raviesan las calles principales otras que completan el entramado urbano. A veces, al desembocar en alguna de aquellas, confluyen dos para formar la amplitud de unas cinco esquinas. La más ancha de todas, la nombrada “24 de Febrero” nace de lo que parece una plaza; al llegar a Alburquerque se desentiende de la “Calixto García” para seguir su curso independiente y a unos centenares de metros se arquea y pierde, bifurcada al pie de la Colina Lenin.

La estrechez de sus hogares obliga a los lugareños a realizar muchas de sus actividades afuera, en plena calle. Debido a ello, las calles de Regla no son como las de otros lugares. No solo son vías de tránsito para ir de un punto a otro, sino también sitio de estar, espacio social compartido para el disfrute y extensión del hogar. La calle tiene en este poblado una dimensión especial y sus habitantes las utilizan con los más variados e impensados propósitos. Como en ningún otro pueblo o ciudad, aquí, en plena calle podemos ver escenas de intimidad y personajes insólitos. En algunas cuadras, el cordel y la caña brava tensan tendederas con ropas recién lavadas. Temprano en la mañana, Ana pasea sus pavitos de una esquina a la otra de nuestra cuadra; luego los encerrará en una jaula que tiene en su pequeña sala. Otro vecino saca a la calle el cerdo que cría en reducido espacio, para que tome sol. Del cabestro traen a varios caballos para que pasten en el solar yermo de enfrente, mientras Juan ha amarrado, con finos cordeles, sus gallos finos en la acera. Sentados en el contén, dos amigos toman ron y admiran la belleza de Lola que, después de lavarse la cabeza, en short ha salido afuera a cepillar su cabellera. Hace ya muchas horas, antes que el sol asomara, ya Chicho sacrificó y limpió tres puercos en medio de la calle Millar, donde con leña hirvió el agua necesaria. Tuvo aún tiempo para dejarlo limpio todo, sin rastro sangriento alguno que revelara aquel matadero en la vía pública. Aquí todos viven parte de sus vidas en plena calle, han perdido el miedo escénico porque su intimidad ha corrido, de boca en boca, por la vecindad, allá, adentro. Y además, porque la calle es de todos, una propiedad colectiva de todo el pueblo. En aquella esquina, alrededor de una pipa de cerveza, se ha formado un coro de vecinos. Algunos vienen con envases y hasta con cubos, para trasladar el rubio y espumante líquido a sus hogares; otros toman posesión del lugar y lo convierten en bar al aire libre. Compras en mano, al regreso del mercado, se detienen a parlotear las reglanas. Sin mirarlas, opulenta de carnes, contoneándose como nadie, pasa Carmen, la orgullosa mujer del bodeguero. Mientras, ajeno a lo que no sea su trabajo, cantando villancicos, contento y activo, se acerca, escobillón en ristre, Manolo, el trabajador de comunales. Cristiano, fervoroso creyente, va dispuesto como siempre, a dejar limpia su calle… Pienso que, de la reciente telenovela, inspiró un pintoresco personaje.



UTILERÍA, LUCES Y OTROS EFECTOS

Este puerto

En mi calle de noche. De noche en mi calle. No es lo mismo, tampoco >suena igual. De ninguna forma alcanzará la melodía que tiene este pedacito de Regla donde he venido a recalar. Caen las sombras (es un lugar común), no caen, se alzan sobre las claridades dejadas atrás. En la acera de enfrente no hay casas, es un terreno baldío que enmarcan cuatro torres luminarias del cercano atracadero. Está vacío, un barco que ayer descargaba ha partido… Hace apenas unas horas, soltó sus amarras y las recias bitas ya lo extrañan. ¡Hay tantas similitudes entre este puerto y mi alma!...

Religiosidad

Iconos de San Lázaro o imágenes de Santa Bárbara adornan con frecuencia las fachadas. En muchas ventanas, amarrada con un trapo rojo, se seca una tuna. En otras una penca de la llamada “lengua de vaca”. En algunas puertas bajo un pedazo de pan viejo, distintos impresos exhiben o una lengua atravesada por un cuchillo, o un ojo abierto y vigilante. Todas son muestras de la religiosidad de sus habitantes. Parte del folclore de esta villa tan pintoresca e interesante. No obstante de ser ya algo habitual, parte del paisaje, la siguiente me llamó especialmente la atención: En una casa a punto de caerse, con desajustadas tablas podridas por paredes, sus moradores (quizás la familia más pobre de Regla), han colocado un letrero sobre la puerta. “DIOS NOS AMA”, pregona el rótulo y me es difícil imaginar cómo sería si los odiara.

Las bodegas

Las bodegas esquineras eran, desde tiempos remotos, el establecimiento más frecuente en las calles habaneras. Proliferaban en cada barrio destilando un añejo sabor, qu>izás heredado de la colonia. Eran una institución, junto al bodeguero (casi siempre español), inherente a nuestra identidad y tradición. En la segunda mitad del siglo veinte, sufrieron la agresión del súper mercado, del grócery norteamericano, parte de la penetración cultural que sufrimos como neocolonia. Así irrumpieron aquellos establecimientos con aire acondicionado, de estanterías ordenadas y carritos niquelados, que trataron de sustituir al viejo mostrador de caoba, con la pesa, el molinillo de café y el dependiente del otro lado. Más tarde, con la Revolución y los abastecimientos empeorando, comenzaron a languidecer nuestras viejas bodegas, con sus anaqueles vacíos mostrando nuestras penurias. Muchas sobrevivientes se convirtieron entonces en lúgubres y miserables tugurios, casi siempre mal iluminados, racionalizando locales y aprovechando espacios. Eran tristes despojos, carcomidos por la inactividad de un comercio ausente, sustituido por una distribución igualitaria. Otras se mantuvieron aferradas a sus locales originales. Por Santos Suárez todavía se pueden ver, también por el Vedado y Centro Habana, estas reliquias del pasado. Pero en Regla subsistieron con nueva vida, estos comercios de víveres que aquí llamamos bodegas. Siguieron donde estaban, en las esquinas, retadoras del tiempo, con algo de su fisonomía primitiva y así hoy siguen brindando servicios impensados. Ellas, como todas, distribuyen por la libreta, del racionamiento la cuota que nos ha igualado. Documento que critican, escandalizados, enemigos e izquierdistas y que a muchos nos ha salvado. Pero además, son centros de orientación al pueblo, que conoce de viva voz del bodeguero y a veces por murales, las nuevas disposiciones gubernamentales. También, por cubanas, son los lugares de donde parten chismes y rumores que se difunden en cada barrio. Lo cierto es, que una vez que ha distribuido las cuotas de los vecinos que le han asignado, tarea que cumple en unas pocas jornadas, el bodeguero no tiene mucho que hacer en la mayor parte del mes. Salvo, claro está, llenar una sarta de papeles que pretenden ser controles y que demuestran su inutilidad al no controlar nada. Sus largos ratos de ocio, el bodeguero suele emplearlos de acuerdo a su inclinación y gusto. En la bodega que me corresponde adquirir los víveres, entra despiadado el sol de la tarde. Por ello, el bodeguero saca una silla extensible y la coloca a la sombra, en la acera de enfrente. Allí permanece sentado, tomando el fresco, intercambiando con los vecinos noticias y comentarios, como si fuera un veraneante en descanso. Ayer, pasó frente a él una vecina de la cuadra, madre joven con su bebé en un carrito y le dijo en un ruego-mandato:

_Sosa, échame un ojo a la puerta que la dejé abierta y tengo que ir a la farmacia…

Entierros a pie

Otra peculiaridad que tiene esta Regla: Sus entierros son siempre a pie. La funeraria, la única funeraria del pueblo está a cuatro cuadras tan solo del cementerio. No es necesario motorizar la caravana. El cortejo toma la calle, “a paso de entierro” y como es la vía de salida, el transporte colectivo y cualquier otro, atempera su velocidad a la de los caminantes. Nadie protesta, porque “así se hace y así siempre ha sido”. Aquí velan al difunto, familiares, dolientes y vecinos, tanto conocidos como desconocidos. “¡Alguien ha fallecido, hay velorio!” (Porque no todos los días ocurre) Y, curiosos por ver quién ha muerto, todos acuden. Así es aquí, en Regla, donde he venido. Y donde quizás me velen, y vengan todos, amigos y extraños, sin yo haberlo pedido…

Todos se han visto aunque sea una vez

Me dijo un amigo nuevo, de los que me han salido en esta Regla, terruño querido, que aquí, todos los habitantes al menos una vez se han visto. Me lo afirmó como una verdad inapelable. Y yo le creo. ¡Es tan poco el espacio y es la vida tan grande!…

El nombre de un puente

A pesar de los dos días que llevaba sin comer, no sentía hambre. La cabeza la tenía embotada y los pensamientos le brotaban como aplastados por la miseria. En ese estado tomó el camino a Guanabacoa. Sólo llevaba la soga con que amarraba la chiva, la única propiedad que le quedaba y que le habían robado esa madrugada. Ahora no tenía nada que dar a sus hijos… Al llegar al puente sobre el río Tadeo, ya a la salida de Regla, obró como un autómata: Amarró un extremo de la cuerda a la baranda y se subió a ella; después hizo un lazo del cabo libre, se lo ajustó al cuello y saltó al vacío y a las eternas sombras. Posteriormente, muchos agobiados por sus destinos, le imitaron y tomaron aquel camino para hacer lo mismo. Sin embargo, él fue el primero y aún más: dio nombre a aquel puente que, desde entonces, se llamó “El Puente del Ahorcado”.

Lenin y Martí, dos colinas se llaman

Caprichoso por lo irregular, es aquí el terreno. Regla se fundó entre colinas que le daban abrigo. Ya protegida estaba al fondo de la bahía, pero más abrigo le hacía falta. El que le resguardara del viento norte, que con frecuencia la azotaba. Por eso se refugió entre elevaciones, eso le ayudaba. Aparte de hacerla más resguardada, la hacía pasar inadvertida, casi olvidada. Pero ella latía con el mundo, con él sufría y cantaba. Por eso, de sus cimas más altas, Lenin y Martí las dos colinas se llaman.

Ayer y hoy

Pienso una Regla lejana, cuando engrillados pies arrastraban su cansancio sobre marin>eras tablas. Al compás de sus cantos negros, quizás lamento, quizás esperanzas en pos de ánimo, cargaban las mercancías destinadas a engrosar las arcas de España. Iban y venían, repitiendo el corto trecho que separaba del muelle al barco. En un sentido cargados; en el otro, de todo peso liberados. Aquellas tablas que unían la embarcación colonial con la tierra esclava, eran el camino que conducía a un futuro de reclamo, de rebeldía, de lucha por este hoy…

El crepúsculo llega al puerto. Encimadas sobre el horizonte, algunas nubes se tiñen de la grana de un amanecer invertido. Frente a mi puerta, varios caballos, libres de sus arreos, relinchan en el yermo convertido en pastizal. Los reglanos regresan del trabajo a sus hogares. Algunos arrastran carritos, muchos transportan bultos y jabas, figuran una teoría de esforzados cargadores volviendo al hormiguero; Así, a estas horas, de cansancio que busca reposo, se animan las calles con liberado júbilo. Algunos hombres se reúnen con vasos alrededor de una botella de ron. El ambiente se impregna de aromas de sofrito criollo, donde el ajo, el comino y el ají condimentarán los frijoles de esta noche. Una suave brisa marina viene de la bahía y desde lo alto de la loma irrumpen los tambores que acompañan un canto afrocubano:
“Ye re lire, yeyeó, masomba, fambi, masomba evó…” Es la voz de la sangre, el eco pertinaz e histórico de aquellos esclavos cargadores, que siglos atrás llenaron con sus cantos el ayer. Esos cantos que, ya para siempre libres, los siguen encadenando a la tradición.

Sorpresas en una barbería

Existe en Regla un buen número de barberías. Por la calle principal, Martí, se encuentran varias. Las hay tan céntricas como la situada frente al parque, sobre la calle Céspedes. También, a ambos lados de la ancha>24 de febrero, ocupando sus portales, proliferan establecimientos de esta clase, y aún en las zonas más periféricas se puede ver algún que otro sillón, a veces un asiento improvisado, ocupando una sala, un portal o un garaje en desuso, donde recortan el cabello. El desempleo y la apertura del trabajo particular, llamado “por cuenta propia”, han hecho proliferar multitud de oficios hace tiempo perdidos, entre ellos el de barbero. Los nuevos rumbos económicos por los que transita el país, convirtieron en independientes a los barberos estatales y muchos que operaban de forma clandestina, dejaron de ocultarse y ahora lo hacen legalmente. Al mudarnos para acá, me fue preciso buscar uno y como nunca he sido exigente con lo referido a mi tocado, me decidí por el más cercano. Quizás por estar resignado con el aspecto que la naturaleza me dio, soy de los pocos clientes que, al concluir el Fígaro su labor, no se miran en el espejo para darla por aprobada o pedir alguna rectificación. Por todo lo anterior, cualquiera que manejara el peine y la tijera, sin importar la destreza con que lo hiciera, me venía bien Y si estaba cerca de mi nueva casa, mejor. A unos centenares de metros de mi puerta hallé el lugar que reunía las pocas condiciones que yo exigía. Y hacia allí me dirigí con la intención de mantener mi pelo dentro de una longitud discreta. Esperaba encontrar lo habitual en toda barbería: Una peña de habladores, polemizando sobre los más diversos temas; una tertulia donde se discuten apasionadamente los más variados temas; un punto de reunión de expertos en todo, lo mismo fanáticos de la pelota, que profundos conocedores de “lo último”; una fuente de difusión de noticias, chismes y rumores. Porque a las barberías concurren no sólo los que requieren los servicios que ésta brinda. También acuden aquellos que, imperiosamente, necesitan ser oídos, los sedientos de protagonismo y hambrientos de tribuna. Los conocedores del más novedoso adelanto científico y del último escándalo que le armó Chicha a su marido, cuando lo sorprendió de calzón quitado en casa de “la otra”. Yo venía dispuesto a encontrar lo de siempre. Y sin embargo, en aquel lugar me aguardaban una serie de sorpresas. La primera fue una peluca de estambres rojos y una roja nariz de payaso, colgadas al lado del espejo. Al notar que yo miraba intrigado lo que suponía un adorno estrafalario, me aclaró el oficiante de la navaja: “Es que yo me contrato para animar fiestas infantiles. Lo hago sábados y domingos y algunas tardes en que no abro la barbería… “

Lo miré y me era difícil imaginar que aquel rostro serio y circunspecto, pudiera encarnar un grotesco y ridículo personaje, arrancador de carcajadas. “Es que este oficio tiene mucha competencia. Demasiados barberos para tan pocas cabezas y como payaso gano más. Aunque hayan pocas fiestas, una me da lo que tres días de pie pelando”. Amplió su argumentación, locuaz como todo barbero. Pero aquella primera sorpresa no sería la única que yo iba a encontrar y la segunda no se hizo esperar: Por su continua conversación pude comprobar que aquel joven era un acucioso investigador de religiones antiguas y ya desaparecidas. Con dominio me habló de gnósticos, cátaros y esenios. Sus orígenes y preceptos. No pude menos que quedar impresionado por sus conocimientos. Animado por el encuentro con personaje tan culto, pensé que aquel era el mejor lugar para dar a conocer mis escritos. Mientras esperaban su turno, los clientes podrían ir leyendo mis estampas costumbristas y mis cuentos. En poco tiempo mi producción literaria sería conocida y comentada por toda Regla. Así se lo hice saber a mi nuevo Fígaro, después de revelarle mi oficio y solicitarle respetuosamente su autorización para dejar allí varias copias de mis escritos más recientes. Porque, aunque uno escribe por necesidad y mandato interno, también necesita lectores. No es lo mismo el por qué y el para qué se escribe. Independientemente del
por qué, todo escritor escribe para ser leído.

Entusiasmado con mi hallazgo, a los pocos días le llevé al barbero-payaso tres copias de mis nuevos engendros, aquellos que pintaban a Regla y sus habitantes como mi pueblo de maravillas. Consciente de estar utilizándolo como agente publicitario y no queriendo pasar por un inescrupuloso aprovechado, le pedí que solamente después de haberlos leído y aprobado, procediera a su divulgación. No tardó en leer las cuartillas que le entregué respetuoso. Y entonces vino la tercera sorpresa. Haciendo uso de todo su derecho, se negó de plano a admitirlas en su comercio. Su alegato para hacerlo fue más que sorprendente: Aquellas estampas podían ofender a algunos de sus clientes, al verse retratados en algunos personajes que yo describía en ellas. Confieso que me rebelé, cuando sentí sobre mí y sobre mi obra, el látigo arbitrario de la censura. Ese odioso instrumento que utiliza el poderoso para mantener su poder y que impone a quienes sojuzga por miedo a los efectos que pueda tener lo censurado sobre otros. Hasta allí me alcanzaba aquel recurso del temeroso, imponiéndose sobre mi inofensiva obra. Era otra sorpresa más que me aguardaba en aquella barbería…

Como en Sicilia

Una venezolana que estuvo casada con un amigo reglano, podía distinguir a simple vista quien era de Regla y quien no lo era. Ella era de origen siciliano y decía que los reconocía por el parecido que tenían los de este pueblo con los oriundos de Sicilia. No se refería al parecido físico, sino al conductual. Para probar el acierto de la venezolana, valga la siguiente anécdota. Me la contó mi amigo y narra un hecho verídico, vivido por él y a él le dejo la narración:

Es muy raro entre nosotros acudir a la policía para denunciar cualquier perjuicio o daño ocasionado por un coterráneo. Por lo general, preferimos cobrar por nuestra propia mano la afrenta. Si alguien perjudica de alguna manera a otro y no recibe una denuncia del hecho, sabe que debe prepararse, pues la respuesta del perjudicado no se hará esperar. Eso le ocurrió a mi primo, quien por defender a su hermana de un atrevido, le rompió a éste la cabeza. Esa noche su casa recibió una lluvia de pedradas que rompieron los cristales de varias ventanas. No valieron los ruegos de las mujeres, advirtiendo de ellas y de niños la presencia. El bombardeo sólo terminó cuando el hombre de la casa, subido en la azotea, repelió a los atacantes con una andanada de tejas. El agresor sabía que la apedreada no quedaría impune y, temeroso de la respuesta, quiso impresionar a los agredidos paseando frente a la casa con un machete bajo el brazo. Cuando realizó esta bravuconada, yo había salido con mi primo y estábamos en el centro del pueblo Pero las mujeres de la casa, mi tía y mis primas, no se arredraron y salieron tras el provocador, con la intención de bajarle los humos. Estando nosotros en la calle 24 de Febrero, vimos entrar a la panadería al agresor nocturno. Atrás venían mi tía y mis primas, dispuestas a pasarle la cuenta; y ante la inminente reyerta, para allá partimos. Yo llevaba en la mano el candado de mi bicicleta. Con esa arma intervine en la bronca ya formada por la madre de mi primo y sus hermanas. Con la cabeza rota, por segunda vez, salió el atacado por mi familia y lesionadas dos de mis primas. Llegó la policía, uno de los mirones de la reyerta hizo desaparecer el candado de mis manos. Así, limpio de aquella evidencia culposa, no fui detenido, pero sí mi primo que, con las mujeres heridas, fue llevado a la casa de socorros y después a la estación policíaca. En el trayecto, mi tía le aconsejó al de la cabeza rajada: “Si mi hijo tiene problemas por tu culpa, yo sé donde vive tu madre y voy y le doy candela. Así que mejor declaras que tú venías loma abajo en tu bicicleta y me arrollaste a mí y a mis hijas, produciéndonos estas lesiones. Tú también te heriste como resultado del accidente. Yo no te voy a acusar por el atropello. Y así salimos mejor todos…”>

La declaración del sujeto copió las sabias y sicilianas palabras de la anciana, no hubo denuncia por ninguna de las partes involucradas. Y todo quedó entre reglanos. ¡Comprueben ustedes si la venezolana, ex esposa del narrador, tenía o no razón!

Los usos de un garaje

Es frecuente, que los que poseen garaje le den a este espacio variados usos de acuerdo a sus necesidades. Quienes poseen automóvil, motociclo o bicicleta los guardan allí y los que no, suelen alquilarlo a otros que sí tienen vehículos y n>o cuentan con un lugar dónde guardarlos. También sé de talleres, cafeterías y otros negocios instalados en garajes, de algunos convertidos en vivienda y de otros en almacén de trastos. Pero en Regla vi destinarle al garaje un uso sorprendente: dormitorio de… un caballo! Durante el día, el dueño del equino lo pone a pastar en un terreno baldío y en las noches, para evitar que se lo conviertan en bistés, lo lleva a dormir a su garaje.

La más larga travesía

Bordeando el puerto, camino de Regla, existen atracaderos donde permanecen fondeados viejos lanchones, para siempre abandonados. Espigones en desuso que parecen cementerios; lugares de reposo eterno para barcos que pudriéndose, van descubriendo al salitre sus osamentas, como sucede a los muertos. Allí para siempre reposan embarcaciones que un día navegaron airosas. Amarradas al olvido, son fantasmas que jamás han de zarpar. Cada vez que, por esta ruta, voy a La Habana o regreso a mi pueblo, contemplo el triste
paisaje que brinda este Camposanto marinero y pienso que quizás >también esas naves, como los creyentes al morir, lo hicieron soñando que, >para la más larga travesía, hacia el mar iban a partir…

LOS PERSONAJES



El Monarca

Ahí lo traen, sentado en su trono que empujan, turnándose, dos lacayos, rodeado de su corte, su Majestad “Kiki el Gallo”. Va rumbo a su palacio, donde su palabra es ley: La Ley del Rey. Gobierna sobre sus súbditos que son los vecinos del barrio. Viene en una silla de ruedas, porque es inválido. Así, día a día, llega a su trabajo y desde allí manda con acierto sabio. Es el Soberano de su establecimiento, expendio de productos cárnicos. Todos le respetan cuando lo ven sus funciones desempeñando: Sobre las inútiles piernas, anota en cada libreta la cuota a entregar al usuario. Luego, imparte la orden inapelable: “¡A este le tocan cuatro!”. Todos le obedecen. De sus hermanos, uno cobra, el otro va despachando.

En el embarcadero, esperando.

Debo haberlo visto >en el embarcadero muchas veces, pero hasta aquel día no reparé en él. Era uno más, y su figura diminuta no se hacia notar, pues permanecía en un rincón, silencioso además. Pero aquella tarde llovía, y al atracar la lancha, él increpaba a todos, visiblemente irritado; recorría inquieto todo el salón y martirizaba nuestros oídos con escándalo y protestas amenazantes. Un empleado del marítimo transporte me informó: “Es porque su colega no ha bajado, lo han resguardado en la garita para que no se moje y al no verlo descender se ha molestado”. Me enteré así que todas las tardes, aquella fidelidad encarnada, esperaba puntualmente la llegada de su compañero: Un pordiosero baldado que, diariamente, cruza la bahía para ir a mendigar al otro lado, donde siempre hay turistas que vienen a admirar la reconstruida Habana. Allá va cada mañana lo que queda de aquel hombre y él en el muelle se queda esperando. Cuando las sombras se van agrandando, de regreso vuelve a Regla el inválido y allí lo recibe su inseparable amigo, moviendo alegre la cola y ladrando.

El anhelo

Cheo tiene varias palomas y un anhelo. Es lo único que le queda de todo lo que tuvo. Incluso tenía un hijo. Un solo hijo que se fue “pal norte” y hace tiempo que no sabe de él. Por eso Cheo se pasa las tardes en la azotea, mirando sus palomas, siguiendo con la vista sus vuelos, allá arriba; y se queda solo, donde no llegue alguien que le hable o le pregunte cosas que no quisiera contestarle. Cheo no lo sabe, pero él tiene celos de sus mansas aves. Todo por culpa de su único y enorme anhelo. Ese opresivo anhelo que no quiere confesar a nadie: Pues, como sus palomas, quisiera surcar el cielo y… volar atravesando el aire.

Un hombre de respeto>

Este año cumplo los treinta, pero hace tres que soy sacerdote de Ifá, respetado como Babalao. Ahijados tengo más viejos que yo, que vienen a consultarme o a que les haga algún trabajo para librarles de sus males. En mi familia todos me escuchan con respeto, hasta mi madre. Pero mi gran amor son mis dos abuelos; ese par de viejos adorables, los que viven en los bajos, a quienes beso cada tarde, antes de comenzar mi faena con alguien: Un creyente que me pide le oriente en problemas que tiene, otro que quiere despojarse. Yo atiendo a todo el que venga con fe y al que la tenga poca, la fe trato de aumentarle. Eso sí, que no me hablen, de hacerle un daño a nadie. Yo no hago esos trabajos, que vayan con su maldad a otra parte…

En tres y dos…

Regla tiene dos estadios: uno pequeño y otro grande. Los dos en la misma calle. En el chico, que fue el de antes, hay tensión en las repletas gradas, todos permanecen de pie, pendientes de lo que él pueda hacer. Los dedos se le cierran como garras sobre el bate. Lo aprieta como si quisiera comprimirlo, mientras sus ojos de lince escrutan el rostro del pitcher, queriendo adivinar la bola que piensa lanzarle. Es la última parte de la novena salida, el juego está por acabarse. Hay dos outs y en la segunda base, está su socio “El Curro Fernández”, que bateó un tubei para allí embasarse. El juego lo pierden, cero por una y en sus manos está, aunque sea el empate. Ya le ha dado a la pelota, dos veces de faul y ahora viene el desenlace. Si le lanza una recta, tendrá que tirarle. ¿Pero si es bola y abanica el aire?... De esas bolas de engaño, con que este zurdo del diablo, ha logrado dominarle. Tiene una única oportunidad; si falla, todos habrán de culparle. Ah, pero si batea, la salvación del partido nadie podrá disputarle. De él solo, la victoria depende y el corazón a mil pulsaciones le late…

De pronto, las atléticas piernas comienzan a temblarle, ya no son sus piernas envidiables, ahora están delgadas, fláccidas, tan llenas de várices, que con esfuerzo apenas logran equilibrarle; en las gradas casi no hay nadie, y en bastón de anciano se ha trocado su bate. Con él muestra a un niño la forma en que debe empuñarse. De su figura nada recuerda al famoso pelotero que fue antes. Ahora es “El Viejo Silvio”, el que cada domingo por la tarde, entrena al equipo infantil, para que compita con los mejores y gane.

El cantante

Se entona muy bien y tiene una voz agradable. Además, su repertorio e>s amplio: canta cualquier bolero, guaracha o son, de los que fueron más escuchados en los años cincuenta del siglo pasado. Y es que él vivió ese tiempo siendo joven. Ahora ya pasó de los ochenta, pero mantiene sus facultades. El éxito de tal logro, quizás resida en que siempre se le ve contento y en que no depende de nadie. Todavía con su trabajo resuelve las necesidades del hogar que tiene. Allí hay nietos que ya trabajan, pero parejo con ellos, a mantener la casa él contribuye. Para eso, cada día usted puede verlo, sentado en un quicio de la calle Martí, cantando y vendiendo las utilísimas bolsas de nailon, imprescindibles, tan necesarias en estos tiempos… En la acera de enfrente hay una tarja, recuerda la casa donde vivió Roberto Faz, el inmortal cantante y sonero.

Tradición portuaria

Tórax, cuello y brazos, secuela de sus trabajos, los tiene hipertrofiados. Es negro, bien negro, yo diría que renegro y su piel brilla como el charol. Resuma energía este anciano, negado a su ancianidad. Sólo las pasas, bien blanqueadas, delatan su edad. Con avidez de náufrago, bebe trago tras trago de ron. Lo escucho con respeto porque, con su peculiar léxico, me está dando una lección:

“Ahora el trabajo e otra cosa, cuarquiera e’ etibadó. Pero, mire, yo lo fui cuando la cosa era al duro, al duro y sin guante… (Se echa un gran sorbo en el gaznate)
Había que pinchar como loco, sin cansarse. Eso cuando conseguía un turno y ganaba cuatro reales, tenía que sé caballo pogque, la mitá al que te acaballaba tenía uté que darle. Eso si quería trabajar; si no, se moría de’ambre. (Vuelve a beber, sostiene el vaso sin temblarle)
Por eso yo le digo, que er trabajo no mata a nadie. Yo fui etibadó y etibadó fue mi padre. Él conoció a Margarito, hombre a’tó, de los que no comen miedo, por eso tuvieron que matarle. Mi padre y él fueron palero lo do, hermano del mismo palo, abakuases.> (Un tercer trago parece impulsarle)
Dispué vino Aracelio y también tuvieron que echárselo. Así era el verso: Su voluntad la imponían los mandamases, y si te revirabas, no le importaba un pito matarte.> (Sonríe y bebe, como queriendo relajarse)
Cuando la Revolución llegó a lo muelle, fue otro e diparate. La vida valió algo y el Sindicato estaba pa’cuidarte. Yo siempre fui hombre. Y lo sigo siendo aunque las piernas me farten. Esas las perdí, etibando una tarde. Decargaba un vapol francé que voló po’el aire... Fue del carajo como eplotó aquello… La Cubre llamábase”.  (Se persigna y sigue tomando ron. En el puño que sostiene el vaso, lleva un pulso; lo forman cuentas verdes y amarillas, es una mano de Orula.)

Amor a lejana vista

Regla no tiene que envidiar a Verona por el romance que inmortalizó Shakespeare. Sin concluir en tragedia, aquí viven dos jóvenes un amor del que todos hablan. El Romeo reglano vive en un extremo del pueblo; en el otro su Julieta que, cada tarde, muy arreglada lo espera para verlo desde el balcón. Él atraviesa calle por calle, en cada esquina anuncia al que encuentre el propósito de su viaje: va a ver a su adorada, a su dulce tormento, a la dueña única de su alma. Es un amor platónico, este loco amor de ellos. Él sin detenerse por su cuadra pasa, ella lo contempla desde el balcón, arrobada. Sólo se miran, no se dicen nada. Cada día repiten sin cansarse este acto de supremo delirio. Porque los dos tienen idéntico mal: El Síndrome de Down.

El fin de “Popeye”

De la casa hoy marcada como la 308 en la calle Agramonte, sale un joven. Es de pequeña estatura, delgado, de pelo ensortijado y facciones de indio. Así le dicen: “El Indio” y tiene apenas unos veinte años. Cuando se me acerca, reparo que tiene el rostro desfigurado por golpes, que viene todo ensangrentado. En el pecho presenta varios balazos… Balazos asesinos que le arrancaron con crueldad la vida. Una placa conmemorativa aparece entonces en la fachada de esa casa, una tarja de bronce que antes no estaba. Allí vivió Onelio Dampiel, uno de los valientes muchachos de Regla, asesinados en El Juanelo. Menos Reinaldo, todos tenían motes o apodos: Leonardo, “Maño”; Onelio, “El Indio”; Alberto, “El Mono”. Hasta allá fueron a buscarles las hienas sedientas de sangre, conducidas por “Popeye”, un cobarde. Fue de madrugada, en septiembre del 58… El tiempo ha pasado, pero no impide que el glorioso muerto me hable:

Después de “lo que pasó”, es muy fácil juzgarle. Yo no lo culpo. Sabe Dios si alguno de ustedes hubiera hecho lo mismo… No hay que olvidar que hasta ese instante, fue uno más del grupo y participó de lleno, sin alardes. Estuvo en lo de Tuto, fue el chofer para secuestrar la Virgen, chequeó al Relojero, fue valiente y confiable. Pero cualquiera le coge miedo a la muerte, si te aprietan seres infernales, que tienen de un Ventura el talante. Cuando la Revolución triunfó, quisieron, pero no pudieron fusilarle. Estaba como ido, hecho un desastre, medio loco, hablando disparates. Después, me cuentan que iba al cementerio, a llorar sobre nuestros cadáveres. Que no valía un medio, que se volvió borracho y que pasó hambre, en pordiosero convertido, durmiendo tirado en la calle. A los jueces severos, sería bueno recordarles: Que para enfrentar la muerte, no todos tienen valor. A él, el miedo lo convirtió en delator miserable. Que otros lo juzguen, quizás la Historia lo condene, yo me inclino a perdonarle…

No dice más el muerto, sigue caminando de Regla las calles. El pueblo lo guarda con cariño en sus memorias, y las puertas de la Gloria le abre.

Mi novia

Regla estaba allí y yo venía con tanta poesía dentro… Con tanto a quien descargar mi amor>, como en un puerto. Yo venía sediento… Ella me dio de beber. Y yo quedé satisfecho. Por eso es mi novia, mi pueblo de maravillas, mi sueño…

Jorge C. Oliva Espinosa
Regla, Abril de 2012

1 Así definió “lo cubano”, el gran Don Fernando Ortiz.>

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