HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

El “nunca más” también depende de nosotros mismos

  

Miserables policías, sin uniforme y cobardes, golpean y secuestran por el delito biológico de ser joven y estar en la esquina.     

 

Madrugada de hoy, martes 3 de setiembre de 2013, hora 01:00, aproximadamente.

Noche fría y ventosa, aunque no tanto como para no estar en la esquina, si tienes alrededor de unos veinte años encima, tomando un vinito, fumando de repente un porrito recientemente “legalizado” –si hay, de esos que de vez en cuando dañan menos que un paquete de cigarros por día- y hablando de esas cosas de jóvenes que unos cuantos adultos desmemoriados, y otros muy amargados y retrógrados, consideran “pavadas”.

El ómnibus 124 llega a esa hora a la Terminal de Santa Catalina y descarga allí unas cuantas vecinas y unos cuantos vecinos que vuelven de su largo trajinar diario, muertos de cansancio, hartos de tanta rutina acumulada durante tanto tiempo, muchas veces envidiando a la muchachada aguerrida capaz de soportar esa prueba de coraje de las esquinas invernales de nuestro Montevideo tugurizado, mangueando una chapa que, si tienes, darla no te hará más pobre de lo que ya eres.

Llamó la atención, hoy, la ausencia de la gurisada de siempre, esa que aún con mucho más frío, pulula invariablemente en más de una esquina, haciendo eso que afortunadamente siguen haciendo los jóvenes, en general, generación tras generación: vida social, entretenimiento sano, entrelazamiento sencillo pero fecundo de amistades, que a veces duran toda la vida y que suponen afectos entrañables que nacen en la escuela y en el campito atrás de una pelota de trapo. 

Repito, llamó la atención que no estuvieran las y los que, habitualmente andan haciendo esquina, porque no tienen otra en una ciudad que le niega a la juventud lugares adecuados con cosas que posibiliten estar cultural y socialmente activos, compartiendo esos ratos de ocio imprescindible para cualquiera que guste de la vida, sin tenerle miedo al “perder el tiempo” o al “qué dirán”, sin molestar a nadie.

Pero enseguida vino la explicación de tanta ausencia: en una fantasmal camioneta blanca, tipo furgoneta, moderna, chapa SBJ7406, sin ningún logo de ninguna institución oficial, casi invisibles en la oscuridad, aunque podía vérseles portando armas largas, un montón de sombras, de apariencia humana, mantenía a raya a un grupo de muchachos por el espantoso delito de estar tomando vino y chupando frío, y un porro a la intemperie nomás.

De pie, junto al vehículo, custodiado por otra sombra armada, estaba otro muchacho conocido de alguna de la gente que acababa de bajar del 124. Estaban por meterlo también en la camioneta, en este caso por pasar por ahí, y por estar consumando el delito mayor de ser, todavía, muy joven.

La gente que llegaba no había terminado de preguntarse qué estaba pasando, cuando desde el vehículo salió el grito casi niño todavía, de uno de los gurises amarrocados, bien conocido como muy buena persona por quienes oyeron el grito:

“¡Avísale a mis viejos que nos metieron presos!”.

De inmediato, como una fiera hambrienta y sin ningún recato, se abalanzó sobre él una de las sombras armadas, y a los insultos y piñazos limpios, acalló un segundo aviso que quedó ahogado por otros gritos, que ahora eran de dolor y rabia y, con toda seguridad, preámbulo de un odio profundo a cualquier “agente del orden sirviendo a la sociedad”, de aquí al fin de los tiempos.

Las vecinas y los vecinos alertados, por fortuna, no se acobardaron. Salieron a avisar a los padres de los muchachos más rápido que un rayo, mientras la camioneta con los uniformados, no uniformados, partía raudamente con rumbo desconocido, llevándose las presas de su valiente y sacrificada cacería nocturna.

Desde ahí y durante toda la noche, no fueron pocas ni pocos los “catalinenses” que se movilizaron tratando de ubicar a los chiquilines, dando cuenta a los abogados, denunciando; tratando, en fin, de convertir la legítima bronca en acción decidida que pudiera impedir cualquier extremo nada improbable cuando de los conocidos “cazadores nocturnos” se trata, máxime en tiempos de renovado viento en la camiseta, gracias a Ministros y otras yerbas que cada vez más, hacen la vista gorda –o, peor aun, ordenan sin dar la cara- ante el atropello y la prepotencia policíaca de viejo y despreciable cuño mafioso.

Los secuestrados estuvieron en calidad de tales hasta las 9 de la mañana en la seccional 19ª, donde la “explicación del operativo” pretendió ser, con la sinceridad tonta del agrandadito que exhibe una lustrosa cachiporra, la de que los muchachos estaban haciendo lo que efectivamente hacían: fumarse un porro y tomarse un vino (como esto, por supuesto, no convencía a nadie, directamente mintieron, diciendo que “los vecinos denunciaron alteración del orden público”…).

“El operativo estuvo a cargo de Inteligencia”, aseguró, por otra parte, una dependencia de Jefatura. 

A estas horas, debería estar estudiando la denuncia presentada algún magistrado de turno del Poder Judicial, ya que el dictamen forense reclamado por los padres y vecinos de las víctimas, indica claramente que en un caso al menos, la golpiza recibida fue muy dura, sin contar los insultos, el manoseo y las amenazas de volver a ser secuestrados si a alguien se le ocurría denunciar “a la autoridá”.  

Propongo que cada uno de nosotros seamos “juez por un minuto”; no digo que soñemos con que agarramos y esposamos a estos cobardes y los metemos presos donde sea, así como así. Pero sí que “por un minuto”, al menos por un minuto, nos la ingeniemos, juntándonos con otros “jueces por un minuto” y otras “juezas por un minuto”, para sumar todos los minutos que sean necesarios a la tarea intransferible de garantizar que en nuestros barrios, el “NUNCA MÁS” no es una ingenua consigna de derrotados y derrotadas, sino UNA IMPARABLE ENERGÍA Y UNA VOLUNTAD INNEGOCIABLE DE IMPEDIR DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES, QUE NUESTROS HIJOS, Y NOSOTROS MISMOS, SEAMOS DE NUEVO LA PRESA FÁCIL de miserables y maulas (cobardes) que creen que se pueden llevar el mundo por delante, gratis.

Porque esto que se relató aquí, ocurrido esta madrugada, ocurre todas las santas madrugadas en Montevideo, y no sólo en Montevideo.

Porque Santa Catalina no es la excepción.

Y porque Bonomi, por lo que se ve, no puede merecernos la más mínima confianza en la medida que sus hechos nos dicen a las claras que el mal afamado Ministerio del Interior, “su Ministerio”, apaña a miserables y maulas como estos, y que la “justicia”, NO HACE JUSTICIA CUANDO SE TRATA DE UNIFORMADOS, CON UNIFORME O SIN ÉL.

 

Gabriel Carbajales, 3 de setiembre de 2013

 

1)           Edison Eduardo Bonomi Varela (Montevideo, 14 de octubre de 1948) es un político uruguayo. Apodado "el bicho".1 Fue ministro de Trabajo y Seguridad Social y actual Ministro del Interior de Uruguay. Bonomi ingresó al Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros (MLN-T) en 1970. Estuvo en la semiclandestinidad entre enero y junio de 1972, cuando pasó totalmente a la clandestinidad. Fue apresado el 21 de julio de 1972. Estuvo seis meses preso en el Batallón de Infantería N° 13; luego fue trasladado al Penal de Libertad. En 1975 fue trasladado en tres oportunidades para ser interrogado en el departamento de Colonia y regresó al mismo Penal hasta 1985, cuando fue liberado gracias a la ley N° 15.737 del 8 de marzo de 1985, que decretó la amnistía de todos los delitos políticos, comunes y militares conexos con éstos, cometidos a partir del 1º de enero de 1962.

 

2)           Santa Catalina: Asentamiento, hoy populoso Barrio de trabajadores en El Cerro de Montevideo. Santa Catalina en el rincón del Cerro de Montevideo oeste, naturaleza verde de playas hermosas, de gente trabajadora, humilde Barrio que surgió y creció de la mano de los inmigrantes y pobladores del lugar.

Pueblito de saladeros y pescadores, olvidado, con los años, por muchos personajes de la realidad actual uruguaya. Barrio estigmatizado, mal visto, por el ojo crítico de algunas autoridades y común de la gente.

 

Gracias Jorge Rossi Rebufello,  por el envío.

 

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