HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

ALAI, América Latina en Movimiento

2013-07-03

La invasión silenciosa

Ignacio Díaz

 

Monocultivo: la soya ha transformado la producción agrícola en el Cono Sur. Año tras año, el cultivo aumenta en cantidad de hectáreas ocupadas, toneladas producidas, valor exportado y precio internacional. Pero los números esconden problemas estructurales y las graves consecuencias de un modelo agropecuario que debilita la estructura económica, provoca consecuencias ambientales irreversibles, daña la salud humana y genera mayor desigualdad social. En los campos de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, donde predominan el hambre y la pobreza, se expande el monocultivo de soya, demandado para alimentar ganado europeo y chino y producir biocombustibles. 

 

Como una plaga incontrolable la soya invade América Latina. Cada vez más porciones de tierra se destinan a este cultivo, especialmente en el Sur de la región, donde hay grandes extensiones fértiles para el desarrollo de la agricultura.

 

Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay tienen en total unas 50 millones de hectáreas sembradas con soya o soja, según su denominación en cada país. Y serán más en los próximos años.

 

No es un dato más entre otros: expresa el desarrollo de un modelo con fuertes consecuencias para los países que la producen y exportan a gran escala. Destinada a engordar el ganado en Asia y Europa para la producción intensiva de carne, y a la generación de biodiesel, la soya desplaza a los alimentos que consumen los seres humanos en un mundo donde al menos 870 millones de personas padecen desnutrición crónica (una cifra que supera en una vez y media a la población total de América Latina).

 

La lógica que el capitalismo impone al uso de la tierra es brutal: más hectáreas para sobrealimentar animales y abastecer automóviles y menos para alimentar a los miles de niños, mujeres y hombres que mueren diariamente de hambre, con el consecuente aumento de los precios de los alimentos por la reducción de su oferta mundial. La paradoja es cruda: mayor producción agrícola y desarrollo tecnológico dan como resultado más hambre.

 

La expansión de la soya tiene además fuertes consecuencias: su crecimiento se apoya en desmontes masivos y desplazamientos de comunidades campesinas e indígenas; genera mayores concentraciones de tierra y necesita menos trabajadores; se apoya en semillas transgénicas y requiere de grandes cantidades de agroquímicos muy nocivos para la salud humana; daña el suelo, siendo insustentable a largo plazo.

 

Modelo soyero

 

Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay tienen una geografía ideal para la producción agrícola. Entre 2002 y 2010, el área destinada al cultivo se incrementó un 30% en Brasil, 46% en Argentina, 80% en Paraguay, 55% en Bolivia y un 1000% en Uruguay según datos de la FAO, el organismo para la agricultura de la ONU. Los cinco países en conjunto representan el 53% de la producción mundial.

 

Motivados por los altos precios internacionales de la soya (subió de 213 dólares por tonelada en marzo de 2006 a 536 dólares en marzo de 2013, más de un 250% en siete años), los cuatro miembros fundadores del Mercosur, junto con Bolivia, son exponentes principales del llamado boom de la soya en América Latina. Por extensión territorial, Brasil y Argentina aventajan notoriamente a sus pares suramericanos –casi 28 millones de hectáreas sembradas en 2012 en Brasil y 19 en Argentina. Pero las cifras de Uruguay (1 millón 130 mil hectáreas), Bolivia (1 millón 200 mil hectáreas) y Paraguay (3 millones de hectáreas) son muy significativas en relación con el total de tierras cultivables.

 

El alto precio de la soya, que en agosto último alcanzó un techo de 623 dólares por tonelada, se sostiene gracias a una creciente demanda internacional del grano y sus derivados, que aumentó un 28% en los últimos 10 años (pasó de 184 millones de toneladas en la cosecha 2001/2002 a 254 millones en 2011/2012). El principal consumidor es China, que quintuplicó sus importaciones en la última década. Y los tres mayores exportadores son Estados Unidos, Brasil y Argentina, con Brasil pronto a liderar el rubro gracias a una producción creciente, que será de más de 80 millones de toneladas este año. Los tres países producen alrededor del 80% de la soya que se comercializa en el mundo.

 

Las causas que sostienen la demanda de soya y, en consecuencia, el éxito económico del modelo en su conjunto son dos: la producción intensiva de carne porcina, vacuna y ovina en China, India y la Unión Europea, que usan el grano para alimentar al ganado; el crecimiento en la producción de biodiesel, que se genera del aceite de las oleaginosas (motivo por el cual han crecido también las plantaciones de maíz transgénico en la región).

 

Con estos fines se ha desarrollado a gran escala el llamado modelo de los agronegocios en los países del Sur, apoyado en fuertes inversiones provenientes del capital financiero que, junto con grandes compañías transnacionales y terratenientes son los principales actores de un modelo apoyado por los Estados que genera grandes ganancias en el corto plazo y contribuciones fiscales vía impuestos. Las víctimas: familias rurales, campesinos, indígenas, pequeños productores y poblaciones aledañas a los campos de soya, afectadas por las fumigaciones aéreas que lanzan millones de litros de fertilizantes y plaguicidas al año (ver Agrotóxicos).

 

Los protagonistas

 

Las compañías transnacionales operan en las distintas fases del circuito de producción de la soya, especialmente en la producción de insumos, la exportación y su procesamiento industrial.

 

Monsanto es la principal proveedora de semillas de soya, fertilizantes y plaguicidas en la región. Gracias al desarrollo de la semilla de soya transgénica resistente al herbicida Roundup de Monsanto, hecho a base de glifosato y otros químicos, la multinacional estadounidense logró que prácticamente la totalidad de los campos de soya en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay estén sembrados con sus semillas. Con la venta de este paquete biotecnológico y de otras variantes transgénicas de maíz y algodón, Monsanto es la empresa líder en el mercado mundial de semillas (otras importantes son DuPont, Bayer, Syngenta y Basf) y la quinta en el de plaguicidas. Se calcula que posee los derechos de patente sobre el 87% del área sembrada con semillas genéticamente modificadas (ver El negocio del patentamiento).

 

En la fase de procesamiento y exportación de soya (y otros cereales), Bunge, Cargill, Dreyfus y ADM (esta última, de capitales estadounidenses, es la principal exportadora de soya en Brasil, Paraguay y Bolivia) son las compañías transnacionales que controlan el sector en los países del Sur y en el mercado mundial de granos en general. Mientras que en la etapa de producción resaltan los llamados pools de siembra, compuestos por grandes empresas del sector o bien fondos de inversión que buscan maximizar ganancias aumentando la escala de producción y reduciendo costos. Los pools arriendan grandes extensiones de tierras y contratan servicios de siembra, fumigación y cosecha. Esto ha transformado a una gran cantidad de productores rurales en rentistas que prefieren alquilar sus propiedades ante la imposibilidad de competir con las grandes empresas y el capital financiero. Como consecuencia se ha concentrado el uso de la tierra en menos productores, quedando desplazados los pequeños y medianos por los grandes capitales.

 

En cuanto al procesamiento o industrialización del grano de soya, Argentina procesa el 71% del grano para producir harina y aceite; Brasil industrializa el 53% de la soya; Paraguay el 25% y Uruguay exporta el 95% de su producción como grano sin procesar, según datos de 2010 publicados en el libro Radiografía del agronegocio sojero, de los investigadores uruguayos Ignacio Narbondo y Gabriel Oyhantçabal (cuya lectura es muy recomendable para profundizar en el tema. Varios datos de la nota provienen de esta fuente, que puede descargarse del sitio web www.redes.org.uy).

 

Concentración y expulsión

 

Cada vez más extensiones de tierra son destinadas a la agricultura, gracias a una creciente expansión de la llamada frontera agrícola, que crece al ritmo de la soya. Según datos del informe “Producción de soya en las Américas: actualización sobre el uso de tierras y pesticidas” de 2011, financiado por el Centro para la Bioseguridad de Noruega y realizado por investigadores suramericanos, Paraguay destinó en 2010 dos tercios de su tierra cultivable a la soya, Argentina un 60%, Brasil un 35%, Uruguay el 30% y Bolivia el 25% (porcentaje que ascendió hasta el 40% este año según datos nacionales).

 

Se trata de un avance que causa varios retrocesos. La práctica de este tipo de agricultura a gran escala está generando que cada vez menos personas vivan en las áreas rurales y trabajen en el campo. Según cálculos, unas 100 millones de personas por año abandonan las zonas rurales en el mundo. En Brasil, por ejemplo, la agricultura familiar reduce su área de producción un 2% cada año, mientras la soya avanza a una tasa media anual de 1,58%. Según el Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra de Brasil (MST), sólo el 10% de los propietarios de tierras controlan el 85% de la producción agrícola total. Un nivel de desigualdad sólo superado por Paraguay, donde el 85% de las tierras está en manos del 2% de los propietarios, según el censo agropecuario de 2008.

 

A los altísimos niveles de concentración de tierras tradicionales en la región, se les ha agregado la creciente concentración en la producción de soya, gran parte de la cual se produce en tierras arrendadas. Los datos son elocuentes: en 2010, el 2% de los productores de soya de Bolivia controlaban el 52% de la superficie sembrada con esta oleaginosa; el 2,6% de los productores argentinos concentraba más de la mitad de la producción total en el país; y en Uruguay el 1% hacía lo propio con el 35% sembrado. Sucede que la mayor parte de la producción suramericana de soya se hace en predios mayores a 500 hectáreas, según datos del informe del Centro noruego para la Bioseguridad, y requiere cada vez de menos trabajadores por hectárea sembrada.

 

La concentración atraviesa en realidad todos los niveles y fases de producción. Según un informe del grupo ETC, en 2008 tres empresas dominaron el 47% del mercado mundial de semillas patentadas (Monsanto, DuPont y Syngenta) y 10 controlaban el 87% del mercado de plaguicidas, entre ellas las tres mencionadas.

 

Impacto irreversible

 

Ningún grano ha aumentado tanto su volumen de comercialización en el mercado mundial como la soya desde el comienzo del nuevo siglo. Para aprovechar este contexto mundial los países del Cono Sur planifican continuar la fuerte expansión de la oleaginosa. En Argentina, por ejemplo, el gobierno lanzó en 2010 el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2010-2016, que se propone alcanzar una cosecha de 150 millones de toneladas de granos en 2016, conformadas en casi un 50% por soya transgénica. Para ello se estima una expansión del área cultivable de entre el 20 y 30% respecto a la actual superficie. El plan busca la profundización del modelo actual, donde la soya ocupa 20 de las 35 millones de hectáreas sembradas en el país.

 

Pero la expansión del área destinada a la agricultura provoca consecuencias irreversibles. Se calcula que en los últimos 20 años alrededor de 150 millones de hectáreas de selvas tropicales han sido eliminadas para el desarrollo de la agricultura. En Argentina, entre 2007 y 2012 se desforestaron 1.145.000 hectáreas: 229 mil por año, según cálculos oficiales de la Secretaría de Ambiente de la Nación y de algunas ONG. Este masivo desmonte provoca trastornos irreversibles en el medioambiente, que entre otras cosas aumentan las posibilidades de inundaciones y aceleran el fenómeno mundial de cambio climático (ver Un caso testigo, en Salta). Si en Argentina había en 1991 siete veces más hectáreas de bosques que de soya, en 2009 sólo había 1,62 hectáreas con árboles por cada hectárea sembrada con soya.

 

Pero la expansión de la frontera agrícola y la deforestación no sólo provocan alteraciones ambientales. Generan también la proliferación de conflictos por la tierra entre los grandes capitales que invierten en la soya y las comunidades campesinas e indígenas que se ven afectadas por este avance y en muchos casos son forzosamente desplazadas, mediante el uso de la violencia y el asesinato de decenas de ellos, principalmente en Brasil, Paraguay y Argentina ante la ausencia de intervención estatal o incluso bajo su complicidad. Cerca de un millón de habitantes rurales paraguayos fueron desplazados en la última década.

 

Detrás del mito

 

“El subdesarrollo de América Latina no es una etapa del desarrollo, es su consecuencia”, escribió Eduardo Galeano en el Las venas abiertas de América Latina. Cuatro décadas después los países del Sur del continente parecen reconducir sus economías al monocultivo de soya, cuyo precio y demanda internacionales no controla.

 

Las grandes transnacionales proveedoras de semillas, las comercializadoras y procesadoras de la soya y otros granos han impuesto su modelo de negocios en la región, desplazando a la agricultura sustentable de menor escala, que cuidaba la tierra, rotaba los cultivos, generaba más trabajo y garantizaba alimentación saludable. Así se maximizan ganancias en el corto plazo a costa de graves consecuencias, muchas de ellas irreversibles: el daño a la fertilidad del suelo, la dependencia en el uso de agroquímicos, la pérdida de ecosistemas fundamentales para la vida humana y el éxodo de agricultores, junto con sus saberes y prácticas.

 

El modelo soyero ha triunfado con apoyos estatales, bajo la suposición de que con él se camina hacia el desarrollo. Se instaló primero en Argentina, donde las exportaciones del poroto, aceite y harina de soya rondaron los 20 mil millones de dólares (el 23% de las exportaciones totales) en 2011. Sin embargo, los principales productores soyeros están hoy creciendo en Uruguay y Brasil. Lo mismo sucede con los productores brasileños que se expanden en Paraguay (ver Colonización interna). Buscan pagar menos impuestos, reducir costos y expandirse en la región, mientras los Estados dependen cada vez más del ingreso que proviene de las exportaciones de la soya y sus derivados.

 

Los miembros fundadores del Mercosur se dedican hoy a exportar un grano que sirve para engordar ganado en el exterior y producir biocombustibles, justamente desde los campos, donde viven tres cuartos de los hambrientos del mundo. En la Argentina, por ejemplo, se producen alimentos básicos para 450 millones de personas, pero hay 2 millones de personas que no consumen los nutrientes indispensables. Y en Uruguay se producen alimentos para 12 millones de personas, casi cuatro veces más que el total de su población. La pregunta es ineludible: ¿qué desarrollo transita el Sur de América Latina con la expansión de la soya?

 

Desde Buenos Aires, Ignacio Díaz con informes desde Montevideo y Asunción

 

Fuente: http://www.americaxxi.com.ve/revista/articulo/96/p-class-titel4-la-...



http://alainet.org/active/65335&lang=es

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