HERMES

Federación Internacional de Comunicadores Populares

¿Por qué y cómo debemos organizarnos? por Iñaki Gil de San Vicente?

¿Por qué y cómo debemos organizarnos?


Varios acontecimientos  recientes han reactivado el clásico debate doble sobre, por un lado, las relaciones entre organización y espontaneísmo y, por otro lado, las  relaciones entre la organización militante y los partidos electorales de masas, los sindicatos y los movimientos populares y sociales. Algunos  de estos acontecimientos son las sublevaciones de las masas musulmanas  en África del norte; las movilizaciones juveniles en muchas zonas de  Europa --Estados español y francés, Gran Bretaña, Italia, Alemania,  etc.-- al llamado de pequeñas iniciativas contra la explotación; las  fugaces luchas obreras y populares que surgen con más frecuencia de lo  reconocido por el poder pero que se agotan rápidamente como, por  ejemplo, en los EEUU; la movilización que está teniendo lugar en Euskal  Herria y que se ha plasmado en la victoria de Bildu; la participación  del pueblo cubano en los debates del VI Congreso del PC; la decisión del pueblo islandés por aplicar justicia a los culpables de la crisis; la  lucha popular en Honduras pese a la dura represión que padece desde el  golpe de Estado, etcétera.  

Deliberadamente hemos citado  experiencias extremas, en apariencia incompatibles, para llevar el  debate a su punto crítico: la necesidad de la organización de vanguardia tal como fue desarrollada por el marxismo desde comienzos del siglo XX. Al toro hay que cogerlo por los cuernos, especialmente ahora que el  movimiento de los indignados reactiva la ilusión de las virtudes del  espontaneísmo, de la omnipotencia de las redes sociales, de twitter y de las nuevas tecnologías de la comunicación, a la vez que aparenta  desacreditar a las “viejas organizaciones de vanguardia”, demostrando la superioridad de la “rebeldía juvenil” sobre el agónico movimiento  obrero, etc. En absoluto son tesis nuevas. Por el contrario, y como  veremos, la necesidad de la organización revolucionaria se sustenta,  como mínimo, en diez lecciones reiteradamente confirmadas por la  historia:

Una, la tendencia de las masas explotadas a aceptar  las promesas de las minorías explotadoras, a creerse sus mentiras, o  sea, la inercia de la credulidad. Dos, los límites de la lucha  individual y/o colectiva de mera protesta, que carezca de una visión  crítica de la naturaleza del enemigo al que se enfrenta. Tres los  límites de las luchas espontáneas, de los motines, revueltas y  sublevaciones sociales que estallan cuando la opresión se hace  insostenible. Cuatro, la capacidad de la burguesía para pudrir no  solamente estas revueltas sino sobre procesos de luchas ascendentes que  terminan ahogándose en el pantano parlamentarista. Cinco, la tendencia a la burocratización y al reformismo de los partidos parlamentaristas de  masas por muy de izquierdas que digan ser. Seis, la tendencia al  corporativismo pactista y economicista del sindicalismo. Siete, la  tendencia a los vaivenes, al estancamiento y retroceso de los  movimientos populares y sociales. Ocho, los efectos alienadores y  disgregadores del capitalismo. Nueve, la efectividad de las represiones y violencias burguesas. No hace falta decir que estas lecciones se  presentan interactuando todas ellas o muchas de ellas, creando sinergias muy complejas que sólo pueden desentrañarse teórica y prácticamente  aplicando el marxismo. Y esta es la décima y última lección que  demuestra la necesidad y la urgencia de organizarse, a saber, la teoría  revolucionaria sólo puede desarrollarse mediante un colectivo organizado para ello.

1.- Credulidad en las promesas de los opresores:

Sobra la primera lección podemos extendernos indefinidamente. Lo mejor es  tomar conciencia de su persistencia histórica: Tucídides explica cómo  Brásidas prometió dar la libertad a los esclavos hilotas que se  identificasen públicamente como fervientes luchadores a favor de  Esparta. Unos dos mil aceptaron la propuesta y fueron premiados, pero: “poco después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo  murió cada uno”. De esto hace aproximadamente 2435 años y desde entonces la necesidad de la organización tomó nuevos bríos, muy en especial  cuando la represión imperialista reactivó la táctica espartana de “desapariciones forzadas”. Entre el -89 y -88, Mario y Cinna organizaron un ejército popular para vencer a las clases ricas en Roma. Prometieron la libertad a los esclavos y a los gladiadores que se volcaron en la  batalla, y tras la derrota ejecutaron a 100 nobles. Esto asustó a Mario y Cinna, y les llevó a unir sus fuerzas con la clase senatorial vencida  para, con esa nueva alianza, aplastar a los esclavos: una noche rodearon su campamento y los exterminaron. En el +37 Sexto Pompeyo liberó a  esclavos para que luchasen en su ejército contra Augusto en la guerra de Sicilia. Sexto Pompeyo perdió y huyó, y Augusto prometió respetar la  libertad de los esclavos pero en secreto organizó su desarme, la entrega a sus amos y el asesinato de los esclavos cuyos amos no fueron  encontrados vivos.

La esclavitud romana era atroz, lo que añade un sangriento plus de importancia a estas y otras muestras de  credulidad. Es cierto que las luchas de las clases y de los pueblos  precapitalistas nunca se plantearon crear un nuevo orden cualitativo,  excepto vagas utopías. Sin embargo, la credulidad de las masas  explotadas, sean esclavas, siervas, campesinas, artesanas, proletarias,  etc., sigue existiendo a pesar de los relativos avances en educación,  prensa, derechos, etc., logrados en la sociedad burguesa gracias a  múltiples luchas. La credulidad en el opresor tiene diversas causas:  ignorancia, miedo, alienación y fetichismo, creencias religiosas. La  organización revolucionaria aparece aquí como imprescindible porque  aporta, además de una argumentación teórica rigurosa sobre los terribles efectos de la credulidad, también y sobre todo porque facilita la  praxis de liberación, el debate práctico conjunto, la crítica y la  autocrítica entre personas que aprenden a liberarse en su misma vida  personal y colectiva. La credulidad se caracteriza, entre otras cosas,  por cierta dosis de fe, de irracionalismo, en un ser superior, sea dios, amo, empresario, general, o en burocracia como el Estado. La  organización lo que hace en este crucial asunto es demoler esa fe,  introducir racionalidad crítica y conocimiento histórico, político,  ético, etc., siempre unido a una práctica militante.

2.- Límites de la lucha de mera protesta, que carezca de una visión crítica del opresor:

Sobre la segunda razón tenemos que decir que, sin una suficiente conciencia  personal y política, cualquier protesta por inicial y embrionaria que  sea tiende a terminar en fracaso. Como hemos dicho antes, en las  sociedades precapitalistas era muy difícil desarrollar una teoría  adecuada. Los galeses que fueron masacrados en el siglo XI por los  anglonormandos apenas intuían más allá del objetivo visible de los  invasores: quitarles sus tierras. Pero había otro objetivo más largo y  demoledor: “la exterminación de todos los bretones para que nunca más se pronunciara su nombre”, como escribió un cronista de la época. Los  pueblos indios y filipinos que sufrían el terrorismo español apenas  comprendían la declaración real que se les leía antes de pasarlos a  cuchillo, o quemarlos o descuartizarlos vivos mientras sus mujeres,  hermana y amigas eran violadas delante de los hombres. Pero una vez que  comprendieron la naturaleza del invasor le resistieron con  desesperación. Incluso hoy en día, miles de mujeres que sufren  terrorismo patriarcal dudan en denunciar a su marido, novio, amigo o  vecino, y centenales de ellas se retractan y retiran su acusación poco  antes del juicio.

Por esto mismo, las organizaciones feministas son imprescindibles para concienciar a las mujeres, para aportarles una visión crítica de la explotación patriarco-burguesa, de la necesidad de que salgan de su soledad, se relaciones y se integren en esos u otros  grupos para encontrar fuerzas que les ayuden a luchar. Lo mismo hay que  decir sobre el resto de situaciones de injusticia y dominación, de  opresión, sean las que fueren. Sin una organización suficiente, los  sectores oprimidos nunca podrán conocer su situación, obtener  información y realizar debates, atraer más miembros y avanzar en la  coordinación con otros colectivos que tienen los mismos o parecidos  objetivos. Si miramos el problema desde una perspectiva más amplia, por  ejemplo, desde la que nos alerta de la fuerza organizada del sistema  patriarcal mediante las Iglesias y sus medios, desde el machismo y  sexismo de la prensa y de los espectáculos, desde el machismo de los  partidos y sindicatos, desde la indiferencia de muchas instituciones  burguesas ante la opresión de la mujer y sobre todo, desde la ferocidad  invisible y normalizada del terrorismo patriarcal, desde esta  perspectiva que nos explica cómo y por qué sobrevive tanto la dominación masculina, comprenderemos la importancia de las organizaciones  feministas, y en general de todas las organizaciones.

3.- Desconocimiento de los objetivos del opresor y de su ferocidad:

Sobre la tercera razón, hay que decir que es un freno poderoso que solamente  puede ser superado por la organización que aporta un saber crítico  basado en la experiencia colectiva, mucho más grave es el problema de  los límites de las luchas espontáneas individuales o colectivas, de los  motines, revueltas y sublevaciones sociales que estallan cuando la  opresión se hace insostenible. Ya se de forma aislada o en grupo, los  estallidos súbitos o insuficientemente organizados pueden obtener  triunfos inmediatos, y los obtienen porque cogen por sorpresa al poder  establecido. Entre -116 y -114 se produjo una revolución en la ciudad  aquea de Dime, ocupada por los romanos, para acabar con las deudas  causadas por los altos impuestos, entre otros objetivos. Se quemaron los archivos públicos, se cancelaron las deudas y demás contratos. Pero la  revolución fue derrotada, dos de sus cabecillas fueron muertos y otro  enviado a Roma para ser juzgado. En 1871 el pueblo de París se sublevó  contra la alianza entre la burguesía francesa y el ejército alemán  ocupante. Pese al heroísmo impresionante, la Comuna fue masacrada  atrozmente, entre otras razones porque no pudieron organizarse lo  suficiente, ni ser suficientemente radicales en sus medidas liberadoras. En la IIGM Varsovia se sublevó dos veces contra la barbarie nazi, y las dos fue masacrada. Estos ejemplos distantes más de dos mil años y  ocurridos en dos modos de producción muy diferentes, el esclavista y el  capitalista, tienen sin embargo un denominador común: la escasa  organización previa.

La necesidad de la organización es tanto  más perentoria y vital cuanto más importante es el objetivo a  conquistar, cuanto más ansiosas y activas están las masas, y cuanto  mayor y más cruel es la voluntad del opresor de seguir explotando. Sea  la lucha que fuere, desde una pequeña asamblea de vecinos que bloquean  una empresa que contamina el barrio, hasta una insurrección  revolucionaria para derrocar a la burguesía, pasando por una huelga  obrera, en todos los casos la organización debe existir con  anterioridad, debatiendo los objetivos, la estrategia y la táctica,  analizando las relaciones de fuerzas, discutiendo las tácticas y los  medios necesarios y los no necesarios, haciendo propaganda y ampliando  las alianzas, buscando además de recursos, también planes alternativos  tras estudiar las posibles reacciones de los aliados, de los indecisos y sobre todo del poder al que se quiere vencer, sea el poder  universitario, el municipal, el judicial, el empresaria, el patriarcal,  el político y de forma decisiva el militar. La espontaneidad, la que  fuere, tiene unos límites precisos que aparecen después de las primeras  victorias, si las hay, cuando se empieza a ver que el poder es más  fuerte de lo que se creía, tiene más defensas, tiene aliados dentro del  bando luchador, puede sobornar y corromper. La lucha espontánea tiende a apagarse cuando la lucha de prolonga, el objetivo se aleja, la  estrategia empieza a fallar, las tácticas propias ya no hacen daño al  opresor; y cuando éste, responde con ataques inesperados y sorpresivos.  Para evitar todo esto es imprescindible organizarse con anterioridad.

4.- Capacidad burguesa para pudrir las luchas:

Sobre la cuarta razón, hay que decir que si bien el exterminio sangriento, el terrorismo, es la última garantía de la civilización del capital, no es menos cierto que la burguesía experimentada prefiere antes desgastar,  desorientar y desunir a las clases explotadas mediante una astuta  maquinación en la que intervienen las concesiones puntuales, el préstamo del gobierno a la izquierda --nunca ceder el Estado y menos el  ejército--, etc., a la vez que la represión selectiva del sector más  radical y consciente. Las luchas ludditas de finales del siglo XVIII y  comienzos del siglo XIX, tuvieron un nivel de organización interna  bastante adecuado para las condiciones de su época, aunque al final  fueron derrotadas no tanto por la represión, con sus asesinaros  incluidos, sino sobre todo por las innovaciones realizadas por la  burguesía. El luddismo destruía las máquinas de vapor que condenaban al  paro y a la miseria a miles de familias trabajadoras, y hasta quemaba  los talleres, obligando a muchos empresarios a trasladarse a otras  regiones menos combativas para instalar sus negocios: un anuncio de las “deslocalizaciones” tan famosas ahora. Pero la burguesía británica  aprendió que era mejor dirigir de forma imperceptible la radicalidad  obrera y popular hacia la trampa institucional, parlamentaria, en la que el movimiento obrero podía conquistar reivindicaciones importantes pero nunca decisivas a la larga, y menos aún, irreconciliables con la  propiedad burguesa, con su Estado de clase y con su ejército. Lo mismo  aprendió la alemana cuando vio que la represión policial y judicial de  finales del siglo XIX, y las leyes represivas posteriores, no detenían  el fortalecimiento de la socialdemocracia.

La organización  política formada por militantes teórica e históricamente preparados, es  imprescindible para superar estos y otros peligros. No se superan con la justa ira espontánea, ni con el voluntarismo ignorante, al contrario,  esto facilita la victoria burguesa. Cuanto más poder institucional logra la izquierda, concejales, alcaldes, diputados, senadores, ministros,  consejeros en empresas y bancos privados, supervisores en instituciones y empresas públicas desde hospitales hasta universidades, etcétera, más  riesgo existe de que termine cayendo en la trampa burguesa. Un dato  extremadamente inquietante por cuanto irreversible, es que esa izquierda asuma pequeñas pero simbólicas tareas represivas cedidas  transitoriamente por el poder que antes torturaba, encarcelaba y mataba a esa izquierda. Recordemos al PC italiano reprimiendo a la izquierda  revolucionaria en los ’70 y 80. Otro dato es el surgimiento de pequeñas  corruptelas económicas, políticas y éticas que irán creciendo como un  pestilente cáncer, sobre todo en la medida en que nadie controle a los  arribistas y chupópteros que se acercan a la izquierda victoriosa para  enriquecerse y lavar su conciencia. Recordemos el miedo de los griegos a poder corruptor del “oro persa”, que pudría incluso a algunos famosos  espartanos. La síntesis entre burocracia, reformismo y corrupción  desintegra a las organizaciones, sobre todo cuando han renunciado  públicamente a decisivas señas de identidad. Recordemos al PC español  aceptando la monarquía instaurada por Franco. Contra esta fuerte  tendencia objetiva tan confirmada por la historia, sólo se le puede  oponer una eficaz y muy preparada organización militante.

5.- Tendencia a la burocratización de la izquierda:

Sobre la quinta razón, hay que decir que si bien está estrechamente  relacionada con la razón anterior, la cuarta, también tiene operatividad propia. Una lucha revolucionaria puede burocratizarse aunque no gire al reformismo y no sea desintegrada en el sistema institucional dominante, pero sí es necesaria la burocracia para que triunfe el reformismo  porque siempre, en mayor o menos grado, surge el debate interno sobre el reformismo entre las corriente a favor o en contra. La burocracia es  imprescindible trampear o reprimir el debate a favor de las tesis  reformistas. El marxismo fue consciente de la tendencia objetiva al  burocratismo desde su mismo origen, y el transcurso de las luchas no  hizo sino aumentar esa preocupación sobre todo desde que la  socialdemocracia se convirtió en un enorme partido de masas. Sin  embargo, Lenin tardó más tiempo que Rosa Luxemburgo, que Trotsky y que  otro en percatarse del riego objetivo de burocratización. Pero una cosa  es la tendencia objetiva, que no tiene por qué realizarse dependiendo de las medidas que se tomen y del tipo de organización que se desarrolle; y otra cosa es el determinismo absoluto consistente en la “ley de hierro” de la burocracia sostenido por Mitchell siguiendo las tesis de Mosca y  Pareto, y por otro lado, las afirmaciones anarquistas que ven la paja en ojo ajeno pero no la viga en el propio.

La burocracia tiene  raíces objetivas en toda sociedad en la que la división del trabajo  intelectual y el físico está deliberadamente potenciada por la clase  dominante. En toda sociedad en la que la obediencia, la sumisión y la  credulidad en el poder son parte de la síntesis social, de la matriz  social. La tendencia a la burocracia se refuerza cuando la vida política adquiere velocidad y complejidad, cuando no hay tiempo para consultar a las bases, etc.; en estos casos el sustitucionismo y el delegacionismo  abren la puerta a la burocratización. En contra del tópico y de la  creencia sin base histórica, son las grandes formaciones  parlamentaristas y los pequeños grupúsculos dirigidos por un líder  carismático, los que primero se burocratizan, mientras que las  organizaciones militantes resisten bastante más. La causa radica en que  están formadas por luchadores conscientes de sus derechos, de la  necesidad del debate riguroso, del enorme riesgo para el futuro de las  decisiones tomadas precipitadamente sin la mínima o con una insuficiente discusión, y de la diferencia insalvable entre credulidad y  credibilidad. Crédulo es el idealista que tiene fe en lo indemostrable,  en la promesa del dirigente que nunca puede ser criticado; la  credibilidad consiste en dar un tiempo justo de confianza a las  decisiones de la dirección asentadas en la experiencia, honradez y  coherencia contrastadas a lo largo de los años y contrastables en todo  momento mediante el debate democrático.

6.- Tendencia al corporativismo economicista del sindicalismo:

Sobre la sexta razón, hay que decir que surge de la propia esencia de la  explotación capitalista y de los límites de la conciencia sindical que  gira casi exclusivamente alrededor de las mejoras salariales y  laborales, casi nunca sociopolíticas y menos aún revolucionarias. CC.OO. y UGT en el Estado español son un ejemplo incuestionable. Otros  sindicatos no han caído tan bajo pero son realmente muy pocos los  sindicatos luchadores precisamente durante la actual ofensiva salvaje  del capital contra el trabajo, y menos lo que fusionan su acción laboral con otra sociopolítica orientada a la superación histórica de la  dictadura del salario, como en debe ser. Fue Rosa Luxemburgo la que en  1906 hizo una de las más razonadas y radicales denuncias de la  burocratización economicista del sindicalismo habido hasta ese momento.  La conciencia economicista de la clase obrera surge de la invisibilidad  de la explotación que sufre tanto por el fetichismo como por la creencia de que tiene los mismos derechos que el empresario, lo que le lleva a  creer que con el simple aumento salarial y con mejoras laborales se  pondrá a la altura del empresario, viviendo como él y teniendo el mismo o más poder. Pero como la explotación asalariada destroza la salud y  reduce el tiempo libre hasta casi la nada, el obrero, minado ya por la  división entre el trabajo intelectual y el físico, asume como normal que el sindicato sea dirigido por los especialistas, por los que saben de  leyes y tienen sus despachos justo al lado de los del patrón, con el que almuerzan frecuentemente.

El sindicalismo sociopolítico  necesita de militantes obreros teóricamente formados, que sepan que son  esclavos asalariados de por vida, hasta que se mueran o hasta que acaben con la dictadura del salario. Pensar esto y conocer su lógica exige de  una formación teórica y política que solamente puede obtenerse mediante  una organización revolucionaria. Más aún, el militante obrero ha de  tener una especial cualidad ética que le ayude a mantener su lucha. La  esclavitud asalariada vuelve extremadamente dependientes y vulnerables a las personas al carecer de otro recurso vital que el salario. La  burguesía conoce esa debilidad estructural y chantajea, soborna o  atemoriza a los sindicalistas y obreros cuando les falta una ética  revolucionaria. Pero si ya es difícil aprender la teoría y mantener una  lucha sindical, todavía lo es más superar la ética burguesa  sustituyéndola por la ética marxista. Sin una organización que facilite  esa emancipación personal y colectiva es casi imposible lograrlo.

7.- Tendencia a estancamiento y retroceso de los movimientos populares y sociales:

Sobre la séptima razón, hay que decir que es todavía más aplastante que la  anterior. A diferencia del sindicalismo, que está más o menos presente  en la explotación asalariada porque ésta abarca toda la vida laboral,  los movimientos sociales y populares son voluntarios, sufriendo  altibajos y con una clara dinámica de sustitucionismo de las bases por  la dirección sobre todo en los períodos de reflujo de las  movilizaciones. Un ejemplo lo tenemos en el bluf de las ONGs, de los  movimientos antiglobalización, de los Foros Sociales, y del bajón  espectacular hasta casi su desaparición de los “nuevos movimientos  sociales”, “contestatarios” y de “contra cultura” de los ’60 y todos los ’70. Le experiencia de los “verdes” es concluyente: absorbidos por el  imperialismo alemán. Una de las causas es la propia fugacidad del “movimiento estudiantil” y “juvenil”, base frecuente de lo anterior, que estalla en determinados momentos pero que se agota por simple ley  biológica y por las innovaciones represivas del Estado burgués.

La permanentización de núcleos revolucionarios en el interior de los  movimientos es una de las tareas decisivas de la teoría de la  organización tal cual la expuso Lenin a comienzos del siglo XX, que no  hacía sino trasladar a las condiciones represivas zaristas lo que ya era una reflexión común en las izquierdas de otros países, aunque no tan  sistematizada teóricamente. Lo básico de esta aportación sigue siendo  más actual ahora que entonces por la multiplicación de los mecanismos  burgueses de represión, desactivación y desintegración de los  movimientos. La dialéctica entre espontaneidad y organización aparece  aquí con todos sus matices enriquecedores, y con la advertencia clara de los dos riesgos mortales: la burocratización y el reformismo que crecen en los movimientos si no existen en su interior núcleos militantes y  aún así el problema sigue existiendo.

8.- Efectos alienadores y disgregadores del capitalismo:

Sobre la octava razón, hay que decir que abarca a la totalidad de los puntos  anteriores y nos lleva a un debate crucial del que hemos adelantado  puntos concretos. Se trata del poder del capital para crear una sociedad sectorializada, dividida y pulverizada en micropartículas egoístas e  individualistas totalmente aisladas entre ellas y sólo conectadas  mediante los medios que el propio capital impone y determina, los suyos, que refuerzan esa multidivisión grupuscular. La realidad, que es una  totalidad de contradicciones en lucha, aparenta desaparecer en un  informe caos de egoísmos ferozmente individuales. La sociobiología, el  genetismo y el darwinismo social refuerzan “científicamente” esta  creencia. A lo sumo que se llega, es a aceptar que cada partícula, cada “ciudadano”, tiene exclusivamente “derechos individuales” que debe  negociar y transaccionar individualmente con el “ciudadano patrón”, con  el “ciudadano juez”, etc., siempre aceptando la máxima hobbesiana de que el hombre es un lobo para el hombre. Es cierto que los movimientos  sociales, el sindicalismo y otros grupos mínimamente organizados luchan  contra esta realidad pero insuficientemente por razones obvias.

De nuevo, la organización militante aparece como una necesidad imperiosa  para mostrar que la realidad es más cruda y peor que la versión  hobbesiana. El hombre no es un lobo para el hombre, sino un mercader,  que es infinitamente peor: “homo hominis mercator”. El naturalismo  inherente a la máxima “homo hominis lupus” no puede mostrar la brutal  explotación del capitalismo. Aprender que el ser humano reduce a  mercancía a otro ser humano, comprándolo, vendiéndolo y explotándolo,  exige de la praxis revolucionaria, de la dialéctica entre la acción y el pensamiento en el interior de los conflictos y siempre en un marco  organizativo. Solamente en el fragor cotidiano de la lucha contra la  opresión puede el ser humano conocer la verdadera naturaleza del  capitalismo. La intelectualidad académica gira tan rápidamente al  reformismo o a la derecha, porque, entre otras cosas, siente horror a la militancia organizada. Otro tanto hay que decir de sectores  estudiantiles que, siendo progresistas, creen que basta con estar al  tanto de las últimas modas intelectuales. La organización leninista debe y puede aportar una praxis crítica totalizante de la inhumana  mercantilización burguesa, aunque los meritorios esfuerzos individuales  pueden llegar a disponer de una percepción bastante amplia del problema, si bien unilateral y tendente al individualismo sectario al no ser  contrastada por la praxis crítica colectiva que sólo la garantiza una  organización revolucionaria.

9.- Efectividad de la represión:

Sobre la novena razón, hay que decir que se parte de una teoría amplia de las violencias y de las represiones, no reduciéndolas a la acción judicial y policial, sino considerando la totalidad de mecanismos de intimidación, miedo y represión. La seguridad es una preocupación constante desde que existe la lucha contra la opresión. La insurrección de los esclavos  cartagineses en varias ciudades itálicas en el -199 fue abortada y  masacrada por la delación de dos esclavos. El campesinado chino se  defendía mediante sectas secretas algunas de las cuales eran sólo de  mujeres, de “monjas”. A mediados del siglo XVI las élites mayas  supervivientes al terrorismo español se organizaron clandestinamente  para transcribir en papel la cultura de su pueblo, el Popol Vuh, que  estaba al borde de la extinción. La seguridad organizativa lo mantuvo a  salvo hasta 1701. Blanqui tardó varios años en encontrar un efectivo  sistema de seguridad para su organización. Marx y Engels siempre  mantuvieron una “vida oculta” que garantizaba relaciones seguras con  organizaciones perseguidas y con personas influyentes que habían  militado en la revolución, y que les suministraban desde informaciones  muy valiosas hasta pasaportes, documentos, dinero, etc., para ayudar a  quien sufriese represión.

Pero la seguridad por la seguridad,  sin un contenido político, no garantiza el desvío reformista. Durante la clandestinidad, la socialdemocracia alemana tenía la célebre y efectiva “Máscara de Acero”, que aseguraba el envío de propaganda, la  celebración de los Congresos, etc., pero que no pudo evitar ni la  burocratización ni el reformismo. Por el contrario, la dirección  bolchevique sabía que su representante en la Duma zarista era un agente  de la policía, aun así lo mantuvo vigilado porque, según Lenin, el  efecto político de sus discursos era más beneficioso que las pocas  delaciones que podía hacer. Obviamente, la seguridad es imprescindible  en una dictadura y también bajo una democracia burguesa restringida y  vigilada, pero su necesidad no desaparece en lo básico ni incluso en una democracia burguesa muy tolerante. En este caso debe adquirir tres  formas básicas: una, seguridad financiera y de recursos porque una  organización hipotecada con deudas es una organización atada  políticamente; dos, seguridad en sus cargos de responsabilidad, fácil de comprender; y tres, seguridad en la rectitud ética y política de sus  militantes, que sustenta a las dos anteriores. Se mire por donde se  mire, la mejor forma de garantizar la seguridad es la organización  revolucionaria, y no siempre ni automáticamente.

10.- Síntesis y confirmación histórica:

Y la décima razón, síntesis de todas las anteriores, vamos a exponerla  presentando cuatro experiencias históricas. La primera trata sobre la  necesidad del centralismo democrático, del que tal vez tengamos uno de  los primeros ejemplos históricos en el relato que hace Jenofonte tras la asamblea de los 10.000 en la que analizan las consecuencias de haber  perdido a los generales. Jenofonte explica que los nuevos mandos  elegidos democráticamente han de ser más rectos y honrados que los  anteriores, y que las tropas han de aplicar las decisiones tomadas  después de haberlas debatido y decidido colectivamente con toda  diligencia y eficacia, sabiendo que cuando surjan nuevos problemas  deberán reunirse de nuevo para debatirlos, decidir y practicar lo  decidido. Libertad plena de debate colectivo, garantizada por las  medidas de seguridad adecuadas --los griegos no debatieron lo anterior  bajo las flechas enemigas, sino en un lugar seguro y a prueba de oídos  peligrosos--, y aplicación conscientemente asumida de las decisiones  tomadas en el debate. Sin duda, este método, junto a otros, fue el que  garantizó su victoriosa vuelta a la Hélade. No se ha inventado un método mejor, y, como veremos, las nuevas tecnologías de la información pueden mejorarlo pero nunca sustituirlo.

La segunda es la necesidad  de una permanente lucha teórica, filosófica, política, etc., no sólo  contra la ideología burguesa sino también contra sus servicios secretos  dedicados a la lucha propagandística e ideológica. Los servicios  secretos británicos, por poner un solo ejemplo, tenían una larga lista  de “famosos escritores” en su nómina: Daniel Defoe era uno de ellos,  además de periodistas y criminales del hampa que escribían textos falsos atribuidos luego a los irlandeses armados o a otras organizaciones. Los “fondos de reptiles” existieron en Roma y ahora mismo, en la CIA y en  todo Estado burgués. Cuando tienen el apoyo del reformismo, el resultado de su trabajo puede ser demoledor. Un ejemplo de manipulación burguesa  disfrazada de “progresismo” es el de los “batallones rojos” mexicanos  formados por obreros que pelearon contra las masas campesinas  revolucionarias entre 1910 y 1917. Fueron convencidos con argumentos  falaces y eurocéntricos, no exentos de rechazo al “atraso campesino” y a los “salvajes indios”. Vencida la revolución, la burguesía desarmó los “batallones rojos”, incumplió las promesas que había hecho, redujo las  libertades que todavía existían y aumentó la represión. Podemos imaginar con cierta plausibilidad que si hubiera existido una organización  marxista sólidamente formada e implantada, no se hubiera cometido  semejante error, o al menos hubiera sido mucho menor.

La  tercera es la del mito de la omnipotencia de Internet, de las “redes  sociales”, de las movilizaciones convocadas mediante teléfonos móviles,  twitter, etc. Al igual que con otros avances tecnocientíficos, los  árboles no deben ocultarnos el bosque, que es lo decisivo. El debate ya  aparece en Marx cuando analiza los contradictorios efectos del  telégrafo, que luego, junto al ferrocarril y el teléfono, fueron  decisivos en las revoluciones mexicana y bolchevique. Internet ha  facilitado la recuperación de las izquierdas mundiales desde finales del siglo XX, y el uso en red de la telefonía móvil es un arma que ha  cosechado algunas victorias. Todo esto es cierto, pero existen tres  preguntas que debemos responder: ¿cómo maximizar sus potencialidades?,  ¿de quién son esos medios?, y ¿qué haremos cuando el capital nos los  cierre? Cuando surgió la imprenta, el Vaticano y el resto de poderes se  lanzaron a controlar su uso, estableciéndose una batalla que todavía se  libra. La prensa diaria la inventó el cardenal Richelieu, y Napoleón  cerró la mayoría de los periódicos para aumentar su poder. Sabemos que  los Estados pueden cerrar Internet, bloquear la telefonía móvil, etc.,  cuando quieran, sumergiéndonos en el “silencio informativo”. ¿Qué hacer  entonces? La respuesta pasa por el debate sobre la organización  militante: es la práctica personal, el contacto cara a cara, la  conversación y el debate en la práctica lo que maximiza el potencial de  los nuevos medios, y el que confirma las relaciones establecidas  electrónicamente. Sin la práctica en la calle, Internet degenera en el “ciberizquierdismo” sin realidad material. Es la lucha organizada la  única que puede crear redes capaces de aguantar durante más tiempo las  censuras y cierres, y la única capaz de pensar lo que hay que hacer bajo el “silencio informativo”, activando otros medios ya pensados con  anterioridad.

Y la cuarta y definitiva es la confirmación  histórica del argumento central: tarde o temprano se agudizarán las  contradicciones sociales, volverán las luchas y la burguesía endurecerá  su política. No es determinismo catastrofista, sino conocimiento de la  evolución burguesa entre expansiones y crisis. Conforme se gesta,  expande e intensifica la crisis, la necesidad de la organización  revolucionaria se vuelve impostergable, pero la solución de este  problema que puede llegar a ser decisivo, dependerá de cómo se haya  actuado en los tediosos períodos de calma y “normalidad”, cuando algunos generalizan la idea errónea de que ha desaparecido la explotación o de  que se ha suavizado tanto que ya no son necesarias “caducas teorías”. Si ningún colectivo ha mantenido vivo el embrión organizativo la burguesía apenas encontrará resistencias organizadas y menos aún programas  revolucionarios que faciliten el salto del malestar social a la  conciencia política dentro de un programa de transformación socialista.  La derecha campará a sus anchas, sabedora de que tiene muchos recursos  para impedir que la indignación de una minoría se transforme en rebelión de la mayoría. La derecha sabe por experiencia propia que uno de los  peores peligros para su sistema es el crecimiento de organizaciones  revolucionarias, las únicas que pueden actuar como mediaciones entre la  indignación y la rebelión.

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Por: Freddy Marcial Ramos23/09/2017.Respetables lectoras y lectoras.      A Politólogos, sociólogos, antropólogos, historiadores, periodistas, economistas e incluso a “Sesudos investigadores…Continuar

Etiquetas: Ante la arremetida Halcona del imperio EUA, la unión del pueblo latino soberano es insoslayable

Iniciada por Freddy Marcial Sep 30.

Las proezas del débil David asustan y preocupan al agresivo Goliat

Respetables lectoras y lectores.      Es realmente preocupante para la sociedad respetuosa pacífica, amante de la paz, del amor por nuestros semejantes, la convivencia, la tolerancia, la democracia y…Continuar

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Iniciada por Freddy Marcial Jul 18.

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